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El Embudo de Emlen

*Este texto fue la respuesta a una invitación que me hicieron de danza UNAM para la versión online del día internacional de la danza (29/04/20) durante la cuarentena. Originalmente fue mostrado en video.

Gracias a Evoé por invitarme y a Max por el videito del final

Hoy me levanté y había un pájaro dentro de mi sala. Mis amigas y yo nos tardamos una hora en atraparlo para poder liberarlo. Justo después de esa experiencia me senté a escribir este texto.

El Embudo de Emlen, una herramienta que utilizan los ornitólogos para estudiar la migración de las aves, es un artefacto muy sencillo: una jaula cónica. La parte de arriba deja ver el cielo y pasar la luz, las paredes son inclinadas y están cubiertas de papel blanco y el piso, la parte más angosta, es un cojincito entintado. El pájaro que está preso en este embudo, se llena las patas de tinta, y al intentar volar hacia su destino migratorio mancha las paredes del embudo, brincando una y otra vez en la dirección hacia la que quiere viajar. Es decir, a grandes rasgos, hacia el norte si es primavera, o hacia el sur sí ya viene el frío (por lo menos en este hemisferio del planeta). Los ornitólogos, al tratar de entender el misterio de la inteligencia migratoria, han usado este embudo de muchas formas, llegando a manipular los estímulos artificialmente. El pájaro, de pronto, en vez de ver sol y estrellas, ve una serie de foquitos, como dentro de un planetario, y reacciona a ellos. Estrellas ficticias coreografiadas artificialmente. De esta forma se ha conjeturado que mucho de la navegación de las aves migratorias tiene que ver con su capacidad de leer las constelaciones. Me lo imagino parecido a la forma antigua de orientarse de los marineros.

Emlen_funnel

Estos días de encierro, salvadas, obviamente, miles de excepciones, me he sentido un poco como un pájaro encerrado en un Embudo de Emlen. E, igual que él, respondo a los estímulos lumínicos externos, sin poder distinguir con mucha claridad si son artificiales o naturales.

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También podríamos pensar en el teatro, en el espacio teatral, como un Embudo de Emlen al que uno entra de manera más o menos voluntaria, accediendo a ser desorientado por constelaciones inexistentes.

Cuando vas al teatro, la experiencia no está construida nada más por lo que ves, lo que se desarrolla estrictamente en el escenario. En el teatro todo te envuelve. Las butacas, la isóptica del edificio, la gente real bailando frente a ti también, obviamente. Cuando vas al cine es parecido. La película no es nada más la luz moviéndose en la pantalla. Es también la oscuridad que te circunda, los cuerpos a tu lado, respirando o comiendo palomitas, el sonido que te rodea. Cuando bailas en una fiesta no es exclusivamente el movimiento del cuerpo el que se experimenta. La convivencia, el alcohol, el humo, el cambio de temperatura, el roce con otras pieles, con otras texturas, también es central a la construcción de la experiencia.

Pensar en una coreografía para ser vista en video*, en una pantalla muy posiblemente pequeña, con una bocina chiquita, en medio del encierro, es algo difícil de hacer, porque hay que aceptar, para empezar, que la mayoría de los factores que entran en juego en la experiencia no están al alcance de nuestro control. Es más, que ni siquiera tenemos idea de si va a haber ruido o mucha luz o niños jugando, etc.

Me parece fuerte darme cuenta de que para plantearme hacer una coreografía, me preocupe tanto el nivel de control que puedo ejercer sobre el espectador. Y la verdad tiene sentido porque la coreografía es, en gran medida, un método de control de los cuerpos y las experiencias, o puede ser usada de esa manera.

Pienso en mi encierro durante esta pandemia, en la ansiedad que me provoca, en las cosas que me causan placer o me ayudan a tranquilizarme, y pienso que me he sentido un poco como un pájaro encerrado en un Embudo de Emlen. E, igual que él, respondo a los estímulos lumínicos externos, sin poder distinguir con mucha claridad si son artificiales o naturales. Estrellas ficticias coreografiadas artificialmente, que me empujan a replicar en chiquito los movimientos que trazaría por el espacio de la ciudad si no estuviera aquí encerrado en esta casa. ¿Cuál es esa coreografía que me agita en mi embudo? ¿Qué ejerce control sobre mí y me estimula borrando la barrera entre la ficción y la realidad? ¿Qué son esos foquitos que figuran constelaciones en movimiento y me empujan a seguirlas?

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Los últimos años hemos visto al mundo polarizarse. Volverse cada vez más extremo. Y junto con esa polarización viene un renacimiento del fascismo. La ultraderecha ha ganado un montón de poder en Latinoamérica, en África, y también en los países ricos. Me da un poco la sensación de que esta crisis sanitaria viene a alimentar un movimiento fascista mundial que ya estaba agarrando mucha fuerza desde antes. Me da un poco la sensación de una especie de paralelo entre la gran crisis económica mundial de 1929 y la crisis mundial del covid de este año. No es que los podamos comparar así a la pendeja, pero a veces las similitudes y las diferencias ayudan a pensar. En general, al voltear a ver la Historia, así con H mayúscula, notamos más a personajes famosos. Hitler, Churchill, Lázaro Cárdenas. Pero ante un recrudecimiento del fundamentalismo en el mundo, nos ayuda especular sobre qué hacía la gente que más o menos ocupaba lugares equivalentes a los nuestros en esas épocas. Qué opciones tuvieron y qué pasos decidieron tomar.

Me gusta mucho Donna Haraway. Quisiera que fuera mi tía y quisiera preguntarle sobre los pájaros también. Una vez, en una conferencia, se puso a hablar de Eichmann, un general nazi encargado de la logística de movilidad de los prisioneros de campos de concentración en Alemania. Por sus manos pasaron miles y miles de vidas de homosexuales, gitanos y judíos, principalmente. Donna Haraway nos cuenta que según Hanna Arendt (otra tipaza) Eichmann actuaba de manera estrictamente operativa. Resolvía y hacía funcionar la compleja coreografía logística del genocidio, como quien resuelve acomodar el mandado en el refri de la manera más eficiente. Haraway nos dice que Eichmann, en ese punto, era incapaz de pensar. Que sólo actuaba siguiendo órdenes. Y después de decir eso, grita con una vehemencia maravillosa, “debemos pensar, pensar debemos”. “Think we must. We must think”. Y nos da de qué pensar: Nos dice que la pregunta sobre si alguno de nosotros está siendo Eichmann, es una pregunta muy seria.

Apenas años antes de que brotara la peste en la edad media, en Europa, hubo una teoría de la conspiración que decía que un rey musulmán (el rey de Granada), a través de los judíos y los leprosos, había orquestado un plan mágico para envenenar a toda Europa y así quedarse con el poder. Miles de judíos, musulmanes y leprosos fueron torturados, quemados vivos y enterrados en fosas comunes en toda Europa en 1321. Cuántos Eichmann hubo en ese proceso, me pregunto.

Me pregunto también cómo sí pensar. Cómo no actuar sólo operativamente en esta pandemia. Cómo no ser un Eichmann que resuelve todo logísticamente, que responde a la coreografía de la paranoia y el poder sin cuestionarse a fondo su propia implicación. Cómo no ser un pájaro atrapado en un embudo de emlen, siguiendo constelaciones ficticias coreografiadas artificialmente. Cómo hacer que el miedo al contagio se convierta en cuidado y apoyo mutuo y no en desconfianza generalizada, rapiña y un resurgimiento del odio que siempre recae en los mismos arquetipos, o sea en la gente más vulnerable.

Regresando a los pájaros migratorios, que tanta extrañeza nos causan en situaciones tan herméticas como esta, y regresando al teatro, me parece fuerte darme cuenta de que para plantearme hacer una coreografía, me preocupe tanto el nivel de control que puedo ejercer sobre el espectador. Y la verdad, tiene sentido porque la coreografía es, en gran medida, un método de control de los cuerpos y las experiencias, o puede ser usada de esa manera. Sí pensamos la coreografía desde allí a escala global, como la regulación de los cuerpos y sus desplazamientos, es evidente que las mercancías circulan con mucho más libertad que las personas. No es que esté encontrando ningún hilo negro. Es una crítica que se le ha hecho al neoliberalismo desde inicios de la “globalización”. Pero es cierto que esta polarización ha ido en aumento. La frontera como partitura coreográfica de la crueldad global, convierte países enteros en campos de concentración o, en el caso de México, en filtros migratorios, o sea trampas mortales, que ya no son una barda, sino un territorio amplísimo lleno de peligros inimaginables para quienes no los vivimos.

Quisiera no sonar conspiranóico, pero es que esto es una conspiración. Es evidente que los controles sanitarios (en muchos casos militarizados) impuestos de diversas maneras dependiendo de los territorios a partir de la pandemia que nos atraviesa son, en términos coreográficos, un contrapunto fuertísimo a la reciente oleada migratoria hacia el norte global. Sabemos que toda crisis es una oportunidad capitalista y militar. Queda clarísimo en tantas y tantas tragedias monetizadas durante el último siglo. Cerrar fronteras (internas y externas) por motivos de salud es mucho más eficiente políticamente que cerrarlas por motivos de odio. La llamada a “no politizar la crisis” es una llamada a dejarse reducir a territorios cada vez más minúsculos, a ir limitando cada vez más la movilidad metafórica y literalmente hablando, hasta quedar paralíticos, incapaces de organizarnos, de salir de nuestras casas, de siquiera ver el drama de quienes no pueden darse el lujo de dejar de moverse.

Pensar la coreografía como la limitación del movimiento, la demarcación de lo que puede moverse y lo que es obligado a permanecer estático, es pensarla como herramienta del fascismo que viene. Pensar nuestro encierro como el posible inicio de un recrudecimiento de la inmovilidad es pensar coreográficamente. Hay que advertir las contracoreografías de la liberación y sumarnos a ellas. Las contracoreografías de la finta, de la treta, de la adulteración de los límites. Se están bailando ya, por todos lados y de mil maneras. Hay que escuchar, también. Cómo cuidarnos de la pandemia sin volvernos fascistas, es la pregunta más apremiante en la que puedo pensar hoy. Y no se la respuesta, pero creo que tiene que ver con aprender a escuchar.

Por otro lado, es verdad que, en la ciudad, los pájaros se escuchan mucho más fuerte en estos tiempos de cuarentena. Aprender a escuchar es siempre una posibilidad.

Donna Haraway, de nuevo, dice que “los sonidos siempre se generan en relación a otros sonidos y a las condiciones acústicas en las que se está. Para los pájaros, crear sonido es también crear lugar, es un acto de territorialización del espacio; de generar relaciones con otros pájaros y de re-tejer continuamente el contexto de sus vidas.”

Reaprender a escuchar es ahora una necesidad.

 


*La invitación era a hacer una pieza para ser reproducida online, de allí estas preguntas

En defensa de la magia

faggot pyre

La muerte de mi madre empezó por ahí del 2011 y terminó en marzo del 2015. Esa muerte tan larga nos acercó mucho en cosas y también nos alejó en otras: Nos acercó mucho corporalmente, por ejemplo. Lo que más extraño de ella y también lo que más recuerdo (y asumo que una es consecuencia de la otra y viceversa), es su cuerpecito ya más chiquito que antes siendo envuelto por el mío, esa sensación de concavidad de mi cuerpo adaptándose a cada suave pliegue de su piel y a cada frágil ángulo de sus huesos, de su columna curva y chiquita, de su cabecita palpitante, de su nariz grandota abajo de mi barbilla. Zarigüeya, le decía ya al final, porque se había ido volviendo una. Una particularmente bonita.
La principal distancia entre nosotros fue la fe. Siempre le había gustado mucho la fe a mi madre. Del catolicismo de su familia había pasado a Lobsang Rampa y su civilización de gigantes púrpuras milenarios escondida en los Himalayas y sus tercerojos, y de allí a Carlos Castaneda y el punto de encaje y luego al budismo tibetano. A mis hermanas y a mi no nos educó en la religión pero me acuerdo mucho de un día en el que nos llevó a la iglesia a sentarnos en silencio a escuchar. Decía que había lugares sagrados y que había que entrar a ellos con respeto.
Nunca se pone tan a prueba la fe como cuando la muerte es inminente, y frente a la inminencia de la suya, ella decidió saltar. Confiar en todo y probarlo todo. La única terapia que no hizo fue una alopática llamada “blanco molecular”, porque uno de los efectos secundarios podía ser la depresión y para ella deprimirse era claudicar. Su fe se fue incrementando de manera inversamente proporcional a sus posibilidades de sobrevivir al cáncer y la mía, en cambio, fue decreciendo. Una vez lloró porque después de un rato de hablar de aliens le dije que era ridículo que creyera en todo. Por supuesto que yo no tenía ningún derecho a cuestionar su fe, que la mantenía viva de alguna manera, pero a la vez tenía todo el derecho, porque con su fe iba arrastrada también la poca salud mental que nos quedaba a mis hermanas, mis tías y a mi, y nuestra incapacidad para entender un mundo que se había reducido a cuidar a una mujer agonizante. Porque junto con su fe había que prepararle quinientos tés de distintas especificidades alquímicas, sonreírle a la charlatana de los imanes que le juraba que ya no tenía ni un gramo de metástasis en el cerebro, o abrazar a mi mamá cuando aseguraba que las velas que ese viejito le había extraído del abdomen eran una curación definitiva. Mi madre pasó de creer en una cosa a creer en otra a lo largo de toda su vida para, al final, creer en todas al mismo tiempo. Ovnis, Cristo, chacras, Buda, ángeles, brujas hermanadas, reiki, todo estaba por salvarla de la muerte. Y su proceso de auto-duelo es algo que yo no puedo juzgar ni entender, pero se que el mío me llevó al lado opuesto, a un escepticismo de lo más estricto. La medicina es sobre todo superstición, pensaba cada vez que un doctor balbuceaba un intento de diagnosticar algo a partir de una resonancia magnética o un petscan. Superstición electrónica amparada en ciencia mal pensada.
El día de su funeral, mi manera de inventarme un ritual que me ayudara a pasar por eso fue leerle un poema de T.S. Elliot: The Hollow Men.
Somos los hombres vacíos
Los hombres rellenados
Reclinándonos juntos
Cabezas llenas de paja. Putamadre!
Nuestras voces secas
Cuando murmuramos juntos
Son inmóviles y no significan nada
Como viento sobre pasto seco
O pies de rata sobre vidrios rotos
En el sótano seco

Figura sin forma, sombra sin color
Fuerza paralizada, gesto sin movimiento;

Aquellos que han cruzado
Con ojos directos al otro reino de la muerte
Recuérdennos –si acaso– no como perdidas
Y violentas sombras, sino solo
Como los hombres vacíos
Los hombres rellenados

Así empieza. Leí este poema una infinidad de veces para tratar de hacer sentido de la nada, de la vacuidad aplastante del universo ante la muerte de alguien a quien amo y también como un arma contra la locura creyente de mi madre, porque no podía creer que fuera a reencarnar en un pavorreal o en un venado o en una yegua, como a ella le hubiera gustado, o porque no me importaba si eso era posible o no, porque la muerte, su muerte, para mi fue nomás un mirar de reojo al abismo, que no es poco.

***

Meses después estaba cenando en casa de una amiga bailarina que en ese momento trabajaba en un espectáculo con un ilusionista. Sobre la mesita de centro había un tenedor doblado que desató toda una discusión. Lo dobló el mago me dijo, y me lo regaló como prueba de magia. Wow, increíble, y nos enfrascamos en horas de plática en la que ella defendía la existencia de la magia y a mi me daba mucha risa de superioridad moral, esa superioridad que da el escepticismo. En medio de esa plática me llegó un mensaje de texto a mi celular. Quién manda mensajes de texto en pleno 2015. Era de mi madre. Me sorprendió mucho y lo comentamos pero seguimos hablando. Un rato después me llegó otro y después otro. Se me cayó al suelo todo. Llegué a mi casa a llorar y a responderle los mensajes, a decirle que la quería y que la extrañaba y que esperaba que estuviera bien donde fuera que estuviera si es que estaba. Pensé que, con lo cursi que era mi mamá, hubiera preferido mandar una señal más poética, pero que si se hubiera manifestado en forma de colibrí o de relámpago o nosequé, yo habría ignorado el mensaje. Hubiera, a lo sumo, pensado “que bonito colibrí, a mi mamá le encantaban”. Tuvo que, con un gesto de ironía maravillosa, con un gran sentido del humor que terminó de derrotarme en nuestra discusión, mandarme un puto mensaje de texto para que entendiera. Tres mensajes, en realidad, por si uno o dos podían ser leídos como un fallo en el sistema.

A partir de allí he pensado mucho en eso, en que quizá el escepticismo es sobre todo una fortaleza, una muralla, un ejercicio de inexpugnabilidad que lo mantiene a uno lejos del afecto del mundo, o que lo intenta…

Me gusta mucho la palabra epistemicidio. No la acción, sino la palabra. Creo que es un término muy poderoso. Con el tiempo he ido preguntándome cuántas formas de conocimiento habrán desaparecido por la higiene estéril del escepticismo. Cuántas maneras de vivir el mundo y de pensarlo y sentirlo han sido descalificadas sistemáticamente por la blancura oculta detrás de la razón. Porque ser escéptico es, en el fondo, tener fe en la ciencia, es tragarse completo a Descartes y también al empirismo. El escepticismo nunca es neutral. Defender la razón ilustrada, exigir evidencia científica es reducir el mundo a lo que la moral cristiana de la ciencia quiere o no permitir como legítimo porque, nos guste o no, la ciencia es en el fondo bastante cristiana (me quedó clarísimo en el hospital de oncología): la ciencia parte de la lógica monoteísta de que el único dios verdadero es el mío; tú, de facto, estás mal. En otras palabras, el problema no es la validez del conocimiento científico, todo bien con eso. El problema es esa necesidad de regular al mundo desde la ciencia y de decidir cuál conocimiento es válido y cuál no, de supeditar milenios a su cetro. El problema es la colonia, pues. Dice tan lúcidamente Arthur Evans en su libro “La brujería y la contracultura gay”:

No obstante la responsabilidad de la violencia cristiana en el nacimiento del moderno estado-nación, el estado se trabó en una guerra salvaje con su padre. Con el tiempo, el estado salió victorioso. El dominio del clérigo fue remplazado por el dominio de los políticos. El escolasticismo fue remplazado por la ciencia. La burocracia gubernamental se impuso a la jerarquía eclesiástica. Pero por debajo, se mantuvo la misma dominación de clase, urbanismo, militarismo, racismo, explotación de la naturaleza y represión de las mujeres y la sexualidad.

***

Crecí en Guanajuato, tierra cristera y yunquista. A los quince años tuve mi primer encuentro sexual, mi primera cogida, pues. Un amigo y yo hicimos un pic-nic de claras intenciones para ambos en un lugar hermoso. Un riachuelito en el cerro. Comimos rico, bebimos para superar el miedo, y poco a poco comenzamos a besarnos, a desnudarnos y a coger. El arrollo estaba bordeado de una especie de risco, y en algún momento de nuestra inexperta actividad, nos empezaron a llover pedradas desde arriba de ese risco. Logramos escondernos en las rocas, recogimos nuestras cosas en chinga y huimos de allí. Nadie salió herido, pero nuestra relación, a partir de ese ataque, se fue desvaneciendo. Nunca hablamos de eso y yo jamás se lo conté a nadie. Me volví, de facto, un criminal, y esas pedradas me comprometían a mi más que a quienes las lanzaron. Apenas hace unos meses comencé a recordar esa historia. Y un día, por casualidad, me encontré a Yuri (mi amigo, que claramente también escapó de Guanajuato a la ciudad) y decidimos juntarnos. Hablamos mucho de nuestra relación, de nuestro cariño, yo le dije lo importante que había sido para mi tener un ejemplo identitario no heterosexual en mi adolescencia, y recordamos esa historia. Fue en esa plática tan reciente, después de dieciocho años, que me di cuenta de que la primera vez que cogí fui apedreado. Fuimos. De que esas piedras marcaron mi vida sexual y mi conformación identitaria por el resto de mi vida. De que son esas piedras, y no con quién coja, las que me hacen joto. De que todos los jotos somos sobrevivientes de una u otra forma y ser sobreviviente también conlleva una responsabilidad y una violencia que uno trae adentro. Hace apenas ocho días (el 20 de enero del 2019) una pareja de jotos fue apedreada en su casa en Rosarito, Baja California. Uno de ellos, Ulises, murió por un golpe en la cabeza y por negligencia médica.

Hace un año descubrí un libro increíble (que ya cité más arriba): “La brujería y la contracultura gay”. En él, Arthur Evans habla de cómo la lucha contra los jotos ha sido también epistemicida. Destruir la jotería no es nomás un odio irracional, es un proyecto político y lo ha sido por más de mil años. Destruir la jotería fue también en su momento destruir las antiguas religiones e implantar la familia nuclear monoteísta, más adecuada para el proyecto civilizatorio protocapitalista que la vida comunal. Habla de cómo, en algún momento, las palabras usadas para designar jotos o herejes eran las mismas. Joto y hereje eran sinónimos. Habla de cómo la palabra faggot, que en inglés significa joto, también significa hato de leña. Leña de los árboles sagrados de los paganos con la que quemaban a los jotos. La palabra faggot significa joto porque para la cristiandad, un joto era algo que querían ver arder, era la leña de su fe, el combustible de su iglesia, el hogar de su familia nuclear. Pienso en esas piras y en las piedras que me marcaron a mi, y pienso que, aunque mucho de ese conocimiento pagano y maricón se haya perdido en la guerra epistemicida del último milenio, hay una magia jota que permanece, hay un hilo de continuidad entre esos muertos y Ulises en Rosarito y entre esos vivos cogiendo a la luz de las fogatas alrededor de árboles sagrados y nosotrxs, bailando reggaetón en la cañita.

A principios del siglo XX se acuñó la palabra joto en México, porque en el Palacio Negro de Lecumberri, esa infame cárcel de nuestra historia, las alas estaban ordenadas alfabéticamente. El ala “J” correspondía a la sección para desviados sexuales. ¿Qué diferencia hay entre el faggot de los ingleses y el joto de los mexicanos? ¿Qué diferencia hay entre la pira y la mazmorra? La única que veo es la que muestra Evans en el párrafo que cité arriba: el cambio de la estructura cristiana a la secular.

Nombrarnos jotos es asumir esa infamia y ese peligro constante, pero también es abrevar de esa genealogía y de esa sangre derramada, chamuscada o podrida en las celdas. Es invocar a esos demonios de los que venimos. A esos herejes sodomitas, a esos pecadores nefandos. Es decirles que creemos en su magia que es nuestra también. Que reclamamos nuestro lugar en el infierno y en el bosque. Que no somos escépticos. Que creemos en todo en principio, aunque desconfiemos también de todo.

Cuando veo que a mis amigos maricones les encanta el horóscopo, no puedo dejar de pensar (después de haberme burlado horrores), que allí hay potencia. Que hay una añoranza por lxs diosxs antiguxs, por los conocimientos no machos, por reconstruír un mundo que aunque soterrado no está para nada perdido, y aunque me miren desde su superioridad zodiacal y me digan que estoy de la chingada por ser Aries, los quiero cerca, y quiero que me expliquen qué significa que mi ascendente sea Virgo. Hace poco retomé La Diosa Blanca. Un libro maravilloso y obviamente tomado muy poco en serio por la academia, en el que Robert Graves desglosa una canción antigua que es también, secretamente, un mapa, un tratado de medicina, un libro de magia, un calendario astronómico y un alfabeto sagrado. Cada letra del alfabeto corresponde a un árbol mágico y guarda en ella su poder. Las palabras, las letras incluso, contienen poder.
Antes de Ranciere hacía ya mucho tiempo que la magia del lenguaje había sido extraviada por occidente (extraviada, aquí, es más bien un eufemismo para lapidada). Para mi leer a Ranciere (lo poco y mal que lo leí, si quieren) fue un equivalente a pensarme atrapado en el lenguaje, en un juego de signos que no es más que representación y que da forma a un espejismo del mundo de otra forma inaccesible. Ahora creo lo contrario. Creo que cuando digo la palabra joto esos seres que murieron engangrenados en la crujía “J” de Lecumberri están conmigo y vienen a perrear en noches de calor, y que esos faggots que murieron en las piras que los nombraron vienen a visitarme y me traen sus saberes ancestrales. Creo que puedo comunicarme con ellxs, que podemos conjurarlos, que nuestra historia es otra y que tenemos la magia que la iglesia nunca pudo terminar de quemar, que la razón no pudo terminar de encarcelar.

Hope sucks!

Hope sucks! o la esperanza es una mierda.

Murió Mark Fisher, uno de cuyos libros, Capitalist Realism, leí y discutí ávidamente en un invierno particularmente frío hará un par de años. Entre otras cosas, Capitalist Realism hace un análisis brillante y con un gran sentido del humor de la influencia de la política (y de la ideología) neoliberal sobre la salud mental. Sobre la depresión como dispositivo de fragmentación y angustia. Sobre la salud mental de Mark Fisher, podemos suponer y, suposiciones de más o de menos, algunos compartimos cosas de su sentir y agradecemos sus claridades. Hay que odiar la vida, parafraseando a Lopez Petit (con quien seguro Mark Fisher hubiera querido platicar si no es que efectivamente lo hizo). Si la vida se restringe a estas únicas y blanqueadas opciones que el capitalismo nos extiende haciéndonos, además, creer que tenemos alguna posibilidad de elección, hay que odiarla. Hay que luchar contra ella, hay que recuperar el odio como herramienta de resistencia e incluso como arma de acción.
La muerte de Mark Fisher, de quien no sé mucho más que sus posts en su blog, me sacudió brutalmente. Más de lo que habría cabido esperar, si es que cabe esperar un gradaje de sacudida frente a una muerte. Me sacudió sobre todo porque no fue cualquier muerte. La de Mark fue un suicidio. Rasco entre las cáscaras de mi pésima memoria y blandiendo una ambigüedad flagrante todo me hace sentido. El suicidio de Mark Fisher (como cualquier otro, supongo, nomás que este, además, público) ni fue un caso aislado ni es un acontecimiento exclusivamente personal. Ya las feministas nos vienen recordando desde hace milenios que lo personal es político. De entre esas cáscaras intuyo que la posibilidad de esta muerte estaba ya trazada en su libro. Intento entender que morir así es morir con claridades, y recuerdo a un amigo que en vez de hablar de la diferencia entre lo público y lo privado prefiere hablar de la correlación entre lo común y lo íntimo. La muerte de Mark Fisher fue una muerte íntima (desde mi ignorancia imagino esta última frase como un pleonasmo porque asumo que la muerte es acaso el gesto de mayor intimidad posible) y con toda esa intimidad fue una muerte común. Fue, quizá absurda aunque preferiría decir inesperadamente, íntima para mi también. Pero sobre todo fue una muerte absolutamente consecuente. Fue una muerte con claridades.

Dias antes había muerto mi padre, a quien para estas alturas de mi vida había dejado de considerar parte de mi familia. Familia es una palabra horrible, me dijo Juan un día, prefiero manada. Y corrigiéndome, si mi padre nunca dejaría de ser mi familia, no era, desde hacía años, parte de mi manada. Me hubiera encantado que mi manada conociera a mi padre, y prácticamente nadie lo hizo, pero ese es otro tema.
El día que murió mi padre Leonor llegó en la madrugada a tocarme la puerta. “Abreme. Estoy aquí abajo” Abrí medio dormido y medio asustado.
“Qué pasó, ¿estás bien?”
“Se acaba de morir mi papá”.
“Ay, pensé que había pasado algo peor” le respondí.
“¿Como qué?”.
“No se, que te había pasado algo a ti”.

Regreso en mi mente una y otra vez a ese momento, no porque me sienta culpable sino porque lo intento entender, y creo que, en un momento de adrenalina e incomprensión total, instintivamente me importó más mi manada que mi familia. La noticia de la muerte de mi padre fue primero la noticia de que no le había pasado nada a Leonor. La noticia de la muerte de mi padre, creo que aún no me termina de caer. Subimos las escaleras hacia mi departamento y ya adentro, pregunté que había pasado. “Se cayó de una ventana” me dijo, y solté una carcajada. Supongo que algo habrá tenido de risa nerviosa pero también fue una risa real. No una risa de burla, sino más como una risa de gusto.
Días después murió Mark Fisher y sentí su muerte muy cerca. Y mientras escribo esto me voy dando cuenta de que si la sentí tan cerca fue porque desde lejos y sin conocerlo pude hacer sentido de la relación entre su pensamiento y su muerte y de que, en ese mismo ejercicio anónimo, estaba en realidad tratando de hacer sentido de la muerte de mi padre. Si al oír la forma en la que había muerto me dio gusto, fue porque la encontré congruente. Mi risa ante la muerte de mi padre fue una última risa filosófica que tuvimos juntos. Fue una última complicidad secreta como esas que cuando nos ocurrían nos causaban tanto placer. Fue un último “papá, yo sí entendí tu broma”. Fue un acto de amor y un principio de reconciliación con una relación que cuando la tuvimos, la tuvimos muy bien.
Cuando Leonor se fue de mi casa un rato después, me vinieron de golpe a la memoria miles de recuerdos bellos de mi padre. Cosas que no había podido recordar en años aparecieron todas juntas. Supongo que hay ciertas reconciliaciones para las que la muerte es una gran amiga.

Hope Sucks! o “la esperanza es una mierda”, rezaba un graffiti que él mismo había rayado en negro en una de las paredes de su estudio. Un graffiti que seguramente le habría gustado encontrarse a Mark Fisher. La esperanza como promesa estéril de un porvenir mejor, como trampa positivista de coerción al status quo. Trust! decía. Trust’s what you’ve gotta have. Not hope. Hope is for cowards. Mi padre odió la vida en el sentido más bello de la expresión. Odió las opciones que se le ofrecían y las rechazó siempre y construyó otras nuevas siempre y nunca he conocido a nadie de quien se pueda decir esto con tanta certeza. Odió la vida, como dice Lopez Petit, para querer vivir. Para abrirse a un vivir no regulado por una estructura política e ideológica que angustia, fragmenta y enferma; y en ese proceso, paradójicamente, se angustió, fragmentó y enfermó (también era un romántico, aceptémoslo), pero lo hizo como le dio su chingada gana y eso algo tiene de valioso.

De entre estas cáscaras intuyo que la posibilidad de esta muerte estaba ya trazada. Para mí la muerte de mi padre fue un suicidio. Quizá un suicidio más abstracto que otros porque no era un inglés sino un mazatleco y porque no era un filósofo materialista sino un pintor y un poeta.Y si digo suicidio no es para patologizar, victimizar y volver cobardes a los suicidas, no lo voy a permitir. Un suicidio es una declaración. Es un acto político íntimo y común a todos nosotros. Es un odiar la vida pero es también, aunque no lo parezca, un profundo querer vivir. La muerte de mi padre fue una muerte absolutamente consecuente. Fue una muerte con claridades.

HOPE SUCKS! Escribimos con una ramita sobre el cemento fresco de su tumba.

Se que mi padre estaría de acuerdo conmigo porque lo leí en sus ojos y en su graffiti, y porque lo intuyo en el ruido seco de su cráneo al golpear el concreto y porque lo escuché en el sonido de nuestras carcajadas entremezcladas en la complicidad secreta de su muerte. Papá, yo sí entendí tu broma. Te amo muchísimo.

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El petroleo es traicionero porque refleja el cielo

Dos días antes de los Idus de Marzo caí enfermo. Había en la ciudad una epidemia de influenza. No aquella de tintes apocalípticos –gripe porcina– que había vaciado y vuelto paranoica a la ciudad entera años atrás, convirtiéndola en la perfecta y hostil geografía de una película de zombies. Esta epidemia era un poco más tranquila. Uno igual escuchaba historias de gente cercana a la muerte, de hospitales infectos, de escasez de tamiflu, pero no había ya (como efectivamente hubo en el 2009) hordas atacando farmacias, desconfianza a grupos de más de dos personas, ni miradas de odio hacia cualquiera que se atreviera a estornudar en público. Parece que, por lo menos, la opinión pública había sido organizada de manera distinta esta vez.

Caí enfermo. Venía regresando de un viaje que, aunque corto, me había dejado exhausto, y le atribuí mi malestar al cansancio, como siempre hago. Cuando no cesaba, se lo atribuí también a la tristeza. Estaba a punto de cumplirse un año desde que mi madre muriera. Mi madre murió, con lujo de agonía, durante la madrugada de los Idus de Marzo, que para los romanos eran el año nuevo, cosa que siempre me pareció muy significativa. No sólo por el año nuevo en si mismo y lo que podría simbolizar, ciclos que se abren y cierran, etcétera; sino por la agonía. Es sabido que Julio César fue asesinado, algunos años antes, el mismo día en que murió mi madre. Tengo aún muy fresca en mi mente esa última serie de respiraciones de mi madre, ya inconsciente, llena de drogas paliativas, con la piel color ceniza y la lengua tan inflamada que obstruía el paso del aire por su garganta; produciendo a cada inhalación un ruido burbujeante, gorgoteante y grave, y a cada exhalación una especie de gruñido de mamífero herido en lucha, que a fin de cuentas, aunque ya inconsciente, es lo que era. Un animal agonizante. Un último resquicio de vida, acorralada, peleando mecánicamente por no dejarse ir a si misma. La exhalación y la inhalación se intercambiaban a ritmos, de pronto, absolutamente irregulares, hasta llegar casi a confundirse a veces. ¿Qué está haciendo? ¿está inhalando? ¿está exhalando? Cuando un cuerpo agoniza, su despojo de cualquier resto de corrección postural y vocal es una de las cosas que más nos interpela. De pronto sentimos que nuestros lenguajes no son, como diría Chesterton, más que un mecanismo arbitrario de gruñidos y chillidos. Mientras veía a mi madre morir, agitándose largamente en esos últimos estertores, llenando la sala de ruido y de movimiento, estremeciendo, con cada agitación de su pecho, cada fibra de aire contenida en la habitación; pensaba también, estúpidamente, en Julio César. Me imaginaba a Julio César tirado boca arriba en un charco de sangre cada vez más amplio, sobre el piso de mármol del senado romano, convulsionándose en su muerte, ahogándose en su sangre. Escupiendo pequeñas partículas de sangre y mocos a cada nuevo espasmo, profiriendo ruidos tan sobrecogedores como los de mi madre. Sacudiéndose como un pez recién pescado. Hay algo muy poco honroso en morir. Hay algo grotesco, torpe, feo, en morir. Quizá porque el honor es en realidad ese vano intento de negar lo obvio, lo innegable. La muerte es pues, entre otras muchas cosas, el desenmascaramiento de ese honor en toda su falsedad. Es decir, no sólo no hay honor en la muerte, sino que el honor es una mamada y la muerte su más clara evidencia. No sé por qué digo esto, nunca me ha parecido particularmente importante el honor.

Caí enfermo pues; por cansancio, tristeza o infección, caí enfermo. Ese día se declaró contingencia ambiental en la ciudad por primera vez en una década. Al parecer, una serie de medidas de regulación de tráfico, motivadas por la privatización del control de multas a automóviles había, poco a poco, llevado a esta ciudad un poco más hacia el borde del colapso. Los transportes públicos fueron abiertos en gratuidad para incitar a la población a no usar auto, se restringió el uso de vehículos con placas de ciertas terminaciones y se recomendó estar al aire libre lo menos posible; por supuesto, no ejercitarse en la calle.

El fin de semana anterior había traído consigo una tormenta. Vientos de más de 100 kms por hora que arrancaron a su paso cientos de árboles, espectaculares, hojas enteras de vidrios de rascacielos que fueron a estrellarse a banquetas circuladas por peatones. Por precaución se cerraron escuelas y algunas oficinas gubernamentales. Hubo algunos muertos. Uno de esos días, caminando con Nadia, al intentar entrar al bosque de Chapultepec, el guardia se nos acercó, mire joven, no se les prohibe la entrada, nomás se les advierte y se les aconseja. Nos informan que se aproxima un viento de 120 kilómetros por hora y es muy peligroso estar en el bosque bajo esas condiciones; ‘ora sí que bajo su propio riesgo verdad. No, pues gracias oficial, pa’ qué arriesgarnos. Y nos fuimos a refugiar a casa de Nadia, por más que muriéramos de ganas de presenciar la tormenta en medio del bosque. Nadia estaba fascinada con el viento, con su poder wagneriano (podríamos hablar más bien de un poder vental en Wagner que de uno wagneriano en el viento, pero bueno), con su despliegue multidireccional y su evidenciación de nuestra fragilidad. Con su agitación de palmeras y su rotura de vidrios. Nunca había visto yo –o no recordaba– cielos tan azules en la ciudad como los de esos días, atardeceres tan encendidos, una luna ínfima aún pero brillantísima, los volcanes nevados a lo lejos, nítidos. La ciudad se limpió de mierda gracias a una potencialmente trágica tormenta de viento, como si la bestia sobre la que estamos montados se agitara un poco para calmarse el escozor. Pero apenas al día siguiente del fin de los vientos, regresó la nube gris, la nata gris, a posarse sobre el valle completo e infiltrarse con cada inhalación en nuestros torrentes sanguíneos. Un viento de esos a la semana, pedía Nadia, y la ciudad sería otra cosa. Pero no, no más viento, Más nata, y la ciudad hierve de negrura.

Yo hiervo también, hiervo de fiebre. Dormito y veo la televisión, algo tonto, cualquier cosa que no me requiera pensar mucho, y entre tanto recuerdo un texto de Fatima Al Qadiri en el que narra su experiencia de cuando, siendo niña, el ejercito iraquí invadió Kuwait e incendió sus campos petrolíferos. Si este petróleo no es para mi, que no sea para los gringos, habrá dicho Hussein. “It was a six hour journey driving through oil wells on fire in the desert. Any kid growing up next to an oil refinery will tell you they look like futuristic cities at night. But burning, they looked primordial, like machines committing mass suicide. Bubbling, gurgling, blackening the earth with tar and fire.”
[Era un viaje de seis horas manejando a través de los pozos petroleros incendiados en el desierto. Cualquier niña que esté creciendo cerca de una refinería te dirá que parecen ciudades futuristas en la noche. Pero incendiadas, se ven primordiales, como máquinas cometiendo un suicidio en masa. Burbujeando, borboteando, ennegreciendo la tierra de alquitrán y fuego].

Mientras escucho el nuevo disco de Fatima, la imagino chiquitita en el asiento de atrás del auto, sosteniendo con su manita un pañuelo contra la cara para protegerse siquiera simbólicamente del humo, mirando casi sin poder parpadear por la ventana también chiquitita de un auto diminuto en una carretera apenas insinuada, un débil trazo recto en medio de un desierto inconmensurable y devastado. La tierra misma incendiada y el cielo ennegrecido, chamuscado, un eclipse de humo. Lenguas enormes de fuegos fétidos tocando el cielo y exhalando bocanadas de impenetrabilidad. Nubes que parecen sólidas y que se extienden sin perder la forma hasta poco a poco diluirse en esa gruesa capa de oscuridad indiferenciada. Una nueva explosión, o un fuego revitalizado, de pronto iluminan de rojo la corteza de la negrura, la superficie de las volutas. Las texturas de la nata negra se revelan por un momento sólo para volverse aún más impenetrables habiendo pasado el flamazo. La posición del sol se adivina gracias a una claridad ocre que atraviesa una zona, quizá menos densa, del nubarrón. Esa claridad baña de mugre el desierto que se extiende frente al auto, ahora completamente cubierto de hollín a excepción del parabrisas, enlodado por chorritos de agua que intermitentemente saltan en su auxilio junto con el abanicar de los limpiadores. El parabrisas lucha por mantenerse semitransparente para poder seguir avanzando en ese espacio vacío y lleno al mismo tiempo. Para dejar atrás esas máquinas moribundas que sólo son sucedidas por otras más, también moribundas, indistinguibles de las previas. Máquinas cometiendo suicidios masivos. Burbujeantes, gorgoteantes y graves, ennegreciendo la tierra con el alquitrán y el fuego. Mi fiebre ha subido a más de 38º y deliro suavemente, es decir, no tengo muy claro lo que pienso y lo que alucino.

Es más difícil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo, cita Zizek cada vez que tiene oportunidad (la frase es en realidad de Frederic Jameson). Pero no es que sean cosas que uno pueda oponer. Si es difícil imaginar el fin del capitalismo es precisamente porque es fácil imaginar el fin del mundo, el apocalipsis zombie, la devastación total. El capitalismo vive allí, en ese escenario apocalíptico, vive de esa inminencia, de esa inmanencia del fin. Vive en ese milenarismo espectacular, en ese estado de excepción permanente pero siempre un poquito más excepcional, y siempre un poquito más permanente.

Hablo con Daniel y me recuerda esa película que Herzog filmó en Kuwait durante la misma época de la que huyó Fatima de niña a través del desierto en un pequeño auto cubierto de hollín: Lessons of Darkness. La miro. The oil is tretcherous, because it reflects the sky. The oil is trying to desguise itself as water [El petroleo es traicionero porque refleja el cielo. El petroleo está intentando hacerse pasar por agua], dice Herzog con su acento alemán mientras la cámara, quizá desde un helicóptero, nos muestra un interminable río reluciente, un paisaje que a lo lejos es placido, que podría aparecer en una postal. Mi fiebre ha subido casi a 40ºC y estoy francamente alucinando, y entre el sueño, la vigilia y el delirio, entremezclo los fuegos de Kuwait, el smog del D.F., la agonía de mi madre y mi propia enfermedad. La muerte es traicionera a veces porque refleja el cielo. En el caso de mi madre, parecía más viva cuando estaba muerta que cuando agonizaba.

Lessons of darkness, lecciones de oscuridad se llama la película, y en ella Herzog me pasea por otra tierra. Por una realidad que me es imposible concebir, por un paisaje alien que me extraña, me horroriza y me fascina. Enormes dinosaurios metálicos cometiendo suicidios en masa, explotando en llamas kilométricas, engañando al ojo inadvertido con espejos impolutos de petróleo, con muertes que podrían ser postales. El Medio Oriente es una unidad sintiente (dice Negarestani), y a través de su dispersa máquina petropolítica maquina también al mundo, lentamente. La Ciudad de México es otra unidad sintiente de la misma máquina. Un lago putrefacto que, paciente, hunde y enferma. Pienso en mi madre como en Kuwait, lanzando bocanadas de alquitrán y fuego a presión a través de su garganta cerrada por una lengua tan hinchada que la hace proferir sonidos inhumanos, cada exhalación una especie de gruñido de bestia herida en lucha. De animal agonizante. De máquina suicida. Un último resquicio de vida, acorralada, peleando mecánicamente por no dejarse ir mientras se ahoga dentro de su propio flujo de petróleo, incendiado por Hussein para evitar la invasión gringa. Tierra Quemada*.
Los bomberos que Herzog muestra son también soldados. Antes de iniciar el rescate de Kuwait, ya todos los pozos estaban repartidos.

Y recuerdo el epígrafe de la película, atribuido falsamente a Pascal:

“The collapse of the stellar universe will occur
—like creation— in grandiose splendor.”

Pero tampoco puedo dejar de pensar en las últimas líneas de The Hollow Man de Elliot:

“This is the way the world ends
This is the way the world ends
This is the way the world ends
Not with a bang but a whimper.”

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*Tierra quemada es el nombre de una táctica militar. De esta táctica, la usada por Hussein y por el cuerpo de mi madre.

 

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Para Mamá, en Día de Muertos.

Cuando, muerto de nervios a los diecisiete, le dije a mamá que era bisexual, me respondió ¡Ay, que padre, como los griegos! y me regaló un libro de Kavafis. Mi madre me dio a los griegos. Me dio a Aquiles, Menelao y Helena de Troya; a Knossos, el Minotauro, Dédalo, el laberinto, Ariadna y Teseo; y a Tesalia, Jasón y el Vellocino. Me dio a Schliemann y a Tebas en emocionadísimas mañanas, sentadas en la tinaja de la ropa sucia mientras nos calentaba la leche con chocolate. Me dio las Mil y Una Noches, a Simbad el Marino, a Kipling, en pequeños capítulos que nos leía a mis hermanas y a mi antes de dormir: “Tu y yo somos de la misma sangre” le dijo Mowgli, pidiendo ayuda, a un milano cuando fue capturado por los Bandar-Log. Tu y yo somos de la misma sangre. Me dio a Borges también, y a Matsuo Basho, cuando nos enseñaba a escribir.
Me dio las matemáticas y la música, y la separación entre ambas: Ya ponte a estudiar. Mamá estoy escuchando este concierto, no puedo ponerle atención y hacer la tarea al mismo tiempo; también es estudio. Tienes razón (pensativa), es importante. Vas. (esa vez pensé que le había ganado, ahora lo entiendo como un regalo suyo).
Me mostró el horizonte también, me lo puso enfrente. Cuando vivíamos en el cerro y yo apenas sabía gatear, me trepaba a una maceta llena de tierra a contemplarlo. Nunca supieron como hacía para subir. Yo, evidentemente, no lo recuerdo. Me llevó al observatorio astronómico a mirar las estrellas y alcahueteó mi obsesión infantil por los cuchillos y las cerraduras, tan contraria a sus intereses. Me dio El Golem de Gustav Meyrink para explicarme que el que un milagro sea fabricado no le quita lo milagroso. Me regaló una cierta sensación de espiritualidad, lo suficientemente abstracta como para que evolucionara en una especie de nihilismo y una fascinación absorta por el universo, por lo inefable.
Me dio su respeto ante mi lejanía también, ante mi silencio; y su preocupación ante un cierto proyecto artístico que en algún momento interpretó como suicida. Me dio su total falta de objetividad ante cualquier producto de mi creatividad, su asombro y orgullo perennes, que en algún momento supuse falta de interés o incluso ignorancia y que ahora añoro.
Me dio su paciencia ante mis críticas más crudas, ante mi bullying por ser tan New Age, tan hippie, por creer en todo lo que sonara a sobrenatural, desde ovnis hasta Castaneda. Su ternura ante mis reclamos por la dureza de la vida que mis hermanas y yo vivimos con ella y con mi padre. Nos ofreció disculpas de mil maneras, y poco a poco las fuimos aceptando. Ahora pienso que quizá no eran tan necesarias, que lo doloroso nunca fue intencional, que, como dice Borges, la máquina del mundo es harto compleja para la simplicidad de los hombres, y que su vida fue parte de esa máquina.
Y esa misma línea de Borges me da consuelo en su enfermedad y en su muerte. No porque crea que existe algún designio ulterior que justifique el sufrimiento y la degradación, sino porque no lo creo, y porque tampoco creo muy particularmente que no lo haya; porque la máquina del mundo es harto compleja para la simplicidad de los hombres, porque no importa, o en todo caso, porque no me alcanza la importancia como para que algo como eso importe.
Y aún así le hablo. Hoy es día de muertos, y en la ofrenda que le pusimos mi hermana y yo, su fotografía me mira de soslayo. Y yo la miro de frente, y le hablo, y le leo poemas de Kavafis y de Elliot y le canto una y otra vez un par de canciones de Cat Stevens que le gustaban mucho, y le lloro y le digo que la quiero y que espero que esté bien, que no tenga sufrimiento si es que, contrario a mis sospechas, está. Y le digo que la quiero y que, contrario a mis sospechas, la extraño, porque la carga de cuidar a una enferma terminal, por más pesada y larga que haya sido, no aligera el caminar una vez que se ha esfumado. Y me pongo su collar de perlas blancas para sentirla cerca y recuerdo su olor y su cuerpo pequeñito abrazándome con fuerza aunque al final le quedara tan poca. Y le convido tequila porque, aunque viva tomaba muy poco, quizá los muertos desarrollen resistencia a los enervantes. Y entonces brindamos. Brindamos por ella y por nosotros, por todo lo que desaparece y por todo lo que no se va, porque una persona es en los otros también.
Pienso en su cuerpo tan flaquito al final, tan bonito, y en lo que resta de él, lo que nos dejó el fuego. Un montón de cenizas en una cajita de madera que no nos hemos atrevido aún a regresarle al mundo. Oh, that that earth which kept the world in awe, should patch a wall to expell the winter’s flow.
Mi madre murió hace casi siete meses en la víspera de Los Idus de Marzo, que en la antigüedad fueron el año nuevo, pero al contrario de César, murió rodeada de gente que la ama. Para mi cumpleaños numero treinta, siete días después, mi amiga Amanda me regaló un pisapapeles inglés. Una pequeña esfera de cristal que contiene una rosa que no se marchitará nunca. Fue un pequeño gesto mitológico. No porque evite de alguna manera metafórica la muerte de mi madre ni mi inminente envejecimiento, sino porque simboliza todas las rosas que se han marchitado y se marchitarán después. Porque, con todo lo cursi que una rosa atrapada en una bola de cristal pueda ser, me recuerda que las flores son también lo que se queda en la gente que las huele. Porque una persona es también en los otros. Porque, contrario a mucho de lo que recién dije, quiero que esa rosa se quede, como la rosa que, dice Borges, Milton acercó a su cara.

***

UNA ROSA Y MILTON

(JLB)

De las generaciones de las rosas
Que en el fondo del tiempo se han perdido
Quiero que una se salve del olvido,
Una sin marca o signo entre las cosas

Que fueron. El destino me depara
Este don de nombrar por vez primera
Esa flor silenciosa, la postrera
Rosa que Milton acercó a su cara,

Sin verla. Oh tú bermeja o amarilla
O blanca rosa de un jardín borrado,
Deja mágicamente tu pasado

Inmemorial y en este verso brilla,
Oro, sangre o marfil o tenebrosa
Como en sus manos, invisible rosa.

NIEVE (DARKS)

“White is the darkest color”

-Sentido común

I

Camino por la nieve. Una amiga muy querida, hace un par de años me regaló un libro. Era una intervención sobre un ejemplar de el punto y la línea de Kandinski, supongo que a grafito, dibujada por Pablo Rasgado. Es un libro al que regreso mucho. Me gusta mucho cuando el dibujo está a la orillita de convertirse en otra cosa, o de desintegrarse en la nada. El libro es, básicamente, una serie de rayones sobre el ensayo de Kandinski, pero que buenos rayones…

Años después, o sea hace un par de meses, mi vecino (que es dibujante y diseñador) me regaló un par de libros bellísimos, uno de ellos, también de Pablo Rasgado, titulado “Nieve”. “Nieve”, aunque es un libro de fotos, tiene más actitud de dibujo y también tiene mucho de la nada. Es una serie de fotos de nieve. Mucho blanco y poca línea, pero que blancos y que líneas.

Camino por las calles de Estocolmo y disfruto la nieve casi como si fuera una playa. Los paisajes muy blancos tienen algo de dibujo y mucho de nada. Son como enclaves nihilistas temporales. De ese nihilismo tranquilizador, por lo menos para el ojo turista. Camino por las calles nevadas y pienso mucho en “Nieve”, y veo todo como un dibujo.

“Voy a hacer una serie de fotos en homenaje a Pablo Rasgado” me dije un día:

Estos son unos primeros intentos. Cada vez que vuelve a nevar lo intento. Supongo que la nieve, un poco como el fuego, es fascinante siempre, aunque seguro para un foráneo la cosa es más particular. Mis amigos se ríen de verme parado como un gato frente a la ventana, hipnotizado viendo nevar.

II

El apartamento que habito pertenece en realidad a una amiga de Josefine (con quien trabajo), y nos lo rentó mientras está en Gothenburg. Está lleno de libros que en combinación la evidencian como escritora. De entre los pocos en lengua inglesa (lo demás está obviamente en sueco) me encontré con El Corazón de las Tinieblas, de Conrad, que leí hace muchos años traducido al español, y me entusiasmó leerlo en su idioma original. Tengo tan fundido el cerebro con el trabajo, que el único tiempo que realmente me puedo dar para otras cosas es el trayecto en el metro, y es allí que leo, a pequeñas dosis, The Heart of Darkness. Si algún atributo de Conrad me viene a la mente es su sobriedad. Tiende un poco hacia el dibujo y mucho hacia la nada. The Heart of Darkness es terrible pero bellísimo, y de un nihilismo extrañamente tranquilizador. Me reconforta con sus intentos de retratar lo incomprensible. “The Horror, The Horror…”

Mientras viajo en el metro escucho una canción que Josefine me presentó en uno de nuestros recientes ensayos:

La escucho mientras leo a Conrad y se me cruzan las letras de los audífonos y las del papel:

I was born by the river in a little tent
Oh and just like the river I’ve been running ever since
It’s been a long, a long time coming
But I know a change gonna come, oh yes it will

It’s been too hard living but I’m afraid to die
Cause I don’t know what’s up there beyond the sky
It’s been a long, a long time coming
But I know a change gonna come, oh yes it will

Y pienso que Sam Cooke podría haber sido un personaje de Conrad, peleando con el miedo y con la inmensidad de lo desconocido en un río de la selva del Congo a principios del siglo XX. Podría haber sido Conrad himself.

horror

Y me acuerdo de este dibujo que no se de quien es. Una amiga lo puso en facebook hace mucho. Podría ser Pablo Rasgado dibujando The Heart of Darkness.

RECAPITULACIÓN

Primero Fusilen es un taller de coreografía que diseñe. La semana pasada fue puesto en práctica por primera vez, en la Escuela de Danza de la UNISON (Universidad de Sonora), en Hermosillo. He aquí un pequeño texto de recapitulación.

(Quizá este texto es muy interno, pero para saber más sobre el taller da click aquí)

Primero Fusilen es un experimento pedagógico. Siendo, como soy, un artista defensor de la autodidaxia, el taller, más que enseñar maneras de hacer, más que transmitir información, busca producir situaciones para que las cosas ocurran, para que se produzca conocimiento. Proponer a los participantes situaciones problemáticas y ofrecerles herramientas para que las resuelvan desde su propia inteligencia es la táctica utilizada. Cuando el tiempo y los recursos son pocos pero hay mucho que hacer, cosas inesperadas ocurren.

A lo largo de una semana, cada participante se vio frente a la consigna de desarrollar una obra nueva cada día. Una consigna de dimensiones enormes, quizá incluso ridículas, pero que justo por su aparente imposibilidad invita a resolver y crear desde lugares insospechados.

Considero un ejercicio vital del artista el constante cuestionamiento del propio lugar de enunciación, de las propias comodidades de producción de discurso, de las estructuras (a veces invisibles) que a priori delimitan y limitan su entendimiento de la creación y de lo que el arte puede llegar a ser o a hacer. Ciertas indicaciones a la vez estrictas y generales sirvieron de marco para generar este tipo de reflexión, este tipo (incluso) de conflicto.

A riesgo de sonar demagógico, y espero no hacerlo, no me canso de tirar flores. En el contexto de una escuela para bailarines (no para coreógrafos) con un fuerte énfasis en la técnica, proponer un taller en el que la coreografía puede ser mil cosas antes que danza es, si no descabellado (y justo no me parece descabellado), sí un reto espinoso. No sólo por lo complejo que los problemas propuestos puedan resultar, sino, sobre todo, por el desafío ideológico que puede significar decirle a alguien (alguien que durante muchas horas al día trabaja en ser un bailarín más virtuoso cada vez), que a veces el virtuosismo, e incluso la danza, pueden no ser fundamentales para la coreografía. Encontrarme con bailarines que, fuera de toda sumisión, están listos para cuestionarme, para defender su punto de vista y decir “no estoy de acuerdo con lo que estás diciendo”, pero para quienes tener cierta perspectiva no es impedimento para experimentar, para interesarse desde la duda, para tomar totalmente en serio el trabajo y estar abiertos a encontrar otras maneras, para estar abiertos a cambiar de opinión, a reestructurarse, a cuestionar su propia práctica y encontrar cosas nuevas en su búsqueda personal; es maravilloso.

Me fascinó particularmente la forma en la que los pequeños miedos a tomar responsabilidad sobre la creatividad propia iban siendo confrontados y reorganizados a diario. La forma en la que cada quien, desde ángulos distintos y a ritmos distintos, asumía su condición de artista. Cada tanto llegaba alguien, con cara de conflicto, a mostrarme su más reciente trabajo previa advertencia: “creo que no entendí muy bien pero hice esto”. Muchas veces, frente al trabajo expuesto, pensé que me hubiera gustado haberlo hecho yo. Lo que quiero decir es que la inteligencia, la sensibilidad y la disposición para el trabajo jamás se vieron obstaculizadas por prejuicios, o por lo menos no que yo me diera cuenta, y eso no es poca cosa.

Resolver los problemas coreográficos que les planteé tampoco es poca cosa. Algunos de ellos tienen mil posibles soluciones, otros quizá ninguna, o no una que conozca. Es decir, gran parte del taller está planteada desde la ignorancia en el sentido en el que Rancière la defiende. En ese sentido, mi lugar en el taller buscó no ser (regresando a un tema sugerido al principio del texto) uno de ostentación de poder, el de un profesor que distribuye información, sino uno de vulnerabilidad, el de alguien que comparte problemas e intereses a pensar e intentar resolver. Pensando esta experiencia no sólo desde la pedagogía sino también directamente desde la práctica artística, busqué implementar la misma posibilidad de producción de experiencias nuevas de la que les hablé en relación a la producción de obras, y busqué también analizar, comprender y absorber lo más posible el conocimiento generado por ellos en sus prácticas. Los blogs a los que cada quién subió la documentación de sus trabajos quedan como una plataforma individual y colectiva de exposición, pero también como una fuente de apropiación, comparación, referencia y consulta de algunas de las muchas formas en las que se pueden abordar ciertos problemas coreográficos. Fuente a la que seguramente recurriré más de una vez. Ojalá no sólo yo.

Hermosillo rifa, me digo cada vez que pongo un pie en la ciudad, y me doy cuenta, a poco, de que lo que conozco de Hermosillo es esto. La gente de esta escuela de danza, profesores y estudiantes y algunos más, y el Club Obregón. Esa es mi idea de Hermosillo, Y entonces entiendo por qué me digo eso, por qué me digo que Hermosillo rifa, y estoy totalmente de acuerdo conmigo.

Juan Francisco Maldonado, Noviembre del 2014, Ciudad de México.

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Pasos y cigarros

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La parte inferior de las hojas era de un verde más claro que la superior, tal vez porque había llovido poco.

En su pequeño departamento de la colonia Narvarte, fumaba en la ventana de la habitación mirando hacia abajo. Un hombre recorría corriendo la acera de enfrente, volteando cada tanto hacia atrás como si lo persiguieran. De atrás de una camioneta estacionada aparecieron un par de perros blanquinegros de pequeño formato. La persecución era más bien un juego. Los coches, a intervalos irregulares, hacían un ruido acogedor al rodar sobre la calle aún húmeda, más que mojada, que cada tanto contrapunteaba con el omnipresente sonido de los aviones. Era esa hora del día. Al terminar su cigarro caminó cuatro pasos, empujó con el pie izquierdo sus sandalias de plástico blanquinegro, y se sentó en la silla de jardín frente a la computadora para escribir un par de líneas.

Minutos antes había salido de la casa, bajado los cuarenta escalones que lo llevaban a la puerta de entrada (con sus dos respectivos intervalos de pasillos y un tercero mas largo de vestíbulo, quizá quince pasos en este último), había girado a la izquierda dos veces, una tras cruzar el umbral y la otra en la esquina, en dirección al seven eleven a una cuadra cruzando la calle, una calle pequeña. Ya ahí, dubitativamente, y trazando una serie de cortos e inconexos recorridos de un estante a otro, se había abastecido de lo necesario para continuar la velada: Una cerveza, una cajetilla de cigarros, y unas galletas bastante despreciables. El regreso era el mismo que la ida pero se sentía un poco más breve. Los escalones los había subido de dos en dos, ahorrando tiempo e impulso, y ya adentro, prendiendo la luz de la entrada, se había dispuesto, por unos minutos, a fumar un primer cigarro en la sala mientras daba los primeros tragos a la cerveza. El cigarro de la sala era más un descanso, mientras que el de la ventana era ya parte del trabajo. Era un poco más reflexivo.

De la sala a la computadora, aunque había que pasar frente a la puerta de la habitación, hubo una corta escala en el baño para orinar. Al jalar la palanca se alegró de haber arreglado la cadena, rota hace un par de días, y entró a la habitación sin lavarse las manos. Ya sentado frente a la pantalla decidió más bien pararse a fumar en la ventana ese cigarro reflexivo que lo llevaría a notar tonos de verdes, niveles de humedad y persecuciones mascóticas.

Sus dedos se deslizaban por el teclado con cierta agilidad, haciendo cada tanto pausas reflexivas para formular o reformular una frase, o pausas técnicas para llevar su mano izquierda a la lata de cerveza tecate que descansaba muy cerca de la computadora (el escritorio era pequeño), y de allí alinearla a sus labios, no tan abultados como le hubiera gustado, inclinándola con suavidad hasta verter (también con suavidad) pequeñas cantidades del líquido que contenía. Cada tanto se llevaba la mano a la frente en señal automática de confusión, mientras se preguntaba sobre la validez de inventar términos nuevos como “blanquinegro” o “mascóticas” o “epileptizan”. Mientras la mano iba a la frente (a veces era más bien la frente la que alcanzaba a la mano en una a todas luces ignorante búsqueda por minimizar esfuerzos), los dedos paraban su tránsito por el teclado, para luego regresar al texto. Había ciertas teclas, quizá las más utilizadas, que estaban cubiertas de una delgadísima película de grasa, la grasa de sus dedos, y que contrastaban en textura con sus congéneres mas limpias. (Tengo que limpiar este teclado, se dijo). Se preguntó también por qué siempre tecleaba la barra espaciadora con la mano derecha, y por qué lo hacía intercambiablemente con el pulgar o el índice. Notó que en general cuando usaba el pulgar era un poco más torpe, y lleno de preguntas, ahora le preocupó si usarlo era normal en él, o si lo estaba haciendo sólo porque estaba siendo consciente de lo que pasaba sobre ese territorio.

“La manera en la que nuestros dedos activan el teclado es en general un tema que se revisa poco” pensó. Pensó también, recordó, a una señora mayor que en un tlapalería, observando una carretilla de albañilería, había dicho “Ay pero que chula carretilla”. Recordó que le había parecido peculiar (aunque detestara la palabra peculiar describía bien su sensación, así que la usó) y se imaginó a esa señora cargando ladrillos de un lado a otro en la carretilla y preparando la mezcla de cemento que cubriría el techo de su casa. Pensó también que siempre le había tenido respeto a los albañiles. Que si no fuera tan miedoso, le hubiera gustado ser un albañil. “Al menos por un tiempo”, se dijo con la seguridad burguesa de quien no considera el trabajo directamente como una obligación, por más que no tenga la situación económica resuelta en lo más mínimo. Se detuvo, se rascó la punta de la nariz con la uña del pulgar izquierdo, que estaba esmaltada en gris, tomó la lata de cerveza, y se la llevó a los labios una vez más. El sonido de un avión interrumpió su tren de pensamiento, y el sonido de una bicicleta recorriendo la calle contrastó con un par de risas cercanas. “Esta calle siempre es un desmadre” pensó aunque en realidad estaba bastante tranquila. El mayor problema eran los aviones, porque la colonia Narvarte está justo debajo del trayecto de posicionamiento para bajar hacia el aeropuerto. No está cerca del aeropuerto, sólo en su camino aéreo, y es algo con lo que hay que aprender a vivir si uno vive en la Narvarte. No sólo por el ruido, sino porque cada vez que pasa un avión, la conexión wi-fi sufre pequeños traumas que la epileptizan.

Mientras se enroscaba el bigote, también con la mano izquierda, pensó en fumar un tercer cigarro, así que dejó la computadora abierta, se quejó de un nuevo avión que ahora sonaba más cercano, se levantó de la silla, la movió un poco de lado, y se encaminó a la mesa del comedor a recoger la cajetilla recién comprada que había dejado allí a propósito para no fumar tanto. Fueron dieciocho pasos más los de regreso, que en este caso se sintieron un poquito más largos. Cada paso tuvo una longitud y un ritmo particular, una caminata muy poco grácil. Ya estando en la sala (la sala y el comedor eran la misma cosa) recordó que el nuevo integrante de la comunidad vegetal de la casa, un helecho, aún no había sido regado y se dispuso a hacerlo, pero prefirió seguir escribiendo. “Cuando termine lo hago. No quiero que se me vaya la idea” se dijo.

Cuando terminaba de fumar el tercer cigarro (el segundo reflexivo, es decir, junto a la ventana), además de observar a lo lejos cómo, entre risas y agudos gritos esporádicos terminaban de limpiar una taquería cercana ya a punto del cierre, notó en la acera de enfrente, en la del señor y los perros, a un par de adolescentes recorriendo la calle en sentido opuesto (al del señor y los perros). Se veían apresurados porque caminaban-corrían a pasos cortos mientras parecían increparse o compartir alguna preocupación, y se preguntó por qué en el México central, la gente cuando tiene prisa camina-corre a pasos muy cortos, a veces incluso mas cortos que si sólo caminara. Quizá la sensación de mover mucho y muy rápido las piernas satisface una cierta necesidad de urgencia aunque no los haga llegar antes. Quizá dar pasos largos les da una sensación de lentitud aunque los haga avanzar más ágilmente.

Tras esta última observación regresó al texto, ahora en cinco pasos, aunque más rápidos que los primeros, y continuó escribiendo. Le dolía un poco el omóplato derecho (o los músculos que lo circundan) y sus dedos, aunque ágiles sobre el teclado, eran también imprecisos y generosos con las faltas de ortografía. Un último desplazamiento de su mano izquierda llevó la lata de cerveza a su boca y vaciándola, decidió dejar de escribir.