Hope sucks!

Hope sucks! o la esperanza es una mierda.

Murió Mark Fisher, uno de cuyos libros, Capitalist Realism, leí y discutí ávidamente en un invierno particularmente frío hará un par de años. Entre otras cosas, Capitalist Realism hace un análisis brillante y con un gran sentido del humor de la influencia de la política (y de la ideología) neoliberal sobre la salud mental. Sobre la depresión como dispositivo de fragmentación y angustia. Sobre la salud mental de Mark Fisher, podemos suponer y, suposiciones de más o de menos, algunos compartimos cosas de su sentir y agradecemos sus claridades. Hay que odiar la vida, parafraseando a Lopez Petit (con quien seguro Mark Fisher hubiera querido platicar si no es que efectivamente lo hizo). Si la vida se restringe a estas únicas y blanqueadas opciones que el capitalismo nos extiende haciéndonos, además, creer que tenemos alguna posibilidad de elección, hay que odiarla. Hay que luchar contra ella, hay que recuperar el odio como herramienta de resistencia e incluso como arma de acción.
La muerte de Mark Fisher, de quien no sé mucho más que sus posts en su blog, me sacudió brutalmente. Más de lo que habría cabido esperar, si es que cabe esperar un gradaje de sacudida frente a una muerte. Me sacudió sobre todo porque no fue cualquier muerte. La de Mark fue un suicidio. Rasco entre las cáscaras de mi pésima memoria y blandiendo una ambigüedad flagrante todo me hace sentido. El suicidio de Mark Fisher (como cualquier otro, supongo, nomás que este, además, público) ni fue un caso aislado ni es un acontecimiento exclusivamente personal. Ya las feministas nos vienen recordando desde hace milenios que lo personal es político. De entre esas cáscaras intuyo que la posibilidad de esta muerte estaba ya trazada en su libro. Intento entender que morir así es morir con claridades, y recuerdo a un amigo que en vez de hablar de la diferencia entre lo público y lo privado prefiere hablar de la correlación entre lo común y lo íntimo. La muerte de Mark Fisher fue una muerte íntima (desde mi ignorancia imagino esta última frase como un pleonasmo porque asumo que la muerte es acaso el gesto de mayor intimidad posible) y con toda esa intimidad fue una muerte común. Fue, quizá absurda aunque preferiría decir inesperadamente, íntima para mi también. Pero sobre todo fue una muerte absolutamente consecuente. Fue una muerte con claridades.

Dias antes había muerto mi padre, a quien para estas alturas de mi vida había dejado de considerar parte de mi familia. Familia es una palabra horrible, me dijo Juan un día, prefiero manada. Y corrigiéndome, si mi padre nunca dejaría de ser mi familia, no era, desde hacía años, parte de mi manada. Me hubiera encantado que mi manada conociera a mi padre, y prácticamente nadie lo hizo, pero ese es otro tema.
El día que murió mi padre Leonor llegó en la madrugada a tocarme la puerta. “Abreme. Estoy aquí abajo” Abrí medio dormido y medio asustado.
“Qué pasó, ¿estás bien?”
“Se acaba de morir mi papá”.
“Ay, pensé que había pasado algo peor” le respondí.
“¿Como qué?”.
“No se, que te había pasado algo a ti”.

Regreso en mi mente una y otra vez a ese momento, no porque me sienta culpable sino porque lo intento entender, y creo que, en un momento de adrenalina e incomprensión total, instintivamente me importó más mi manada que mi familia. La noticia de la muerte de mi padre fue primero la noticia de que no le había pasado nada a Leonor. La noticia de la muerte de mi padre, creo que aún no me termina de caer. Subimos las escaleras hacia mi departamento y ya adentro, pregunté que había pasado. “Se cayó de una ventana” me dijo, y solté una carcajada. Supongo que algo habrá tenido de risa nerviosa pero también fue una risa real. No una risa de burla, sino más como una risa de gusto.
Días después murió Mark Fisher y sentí su muerte muy cerca. Y mientras escribo esto me voy dando cuenta de que si la sentí tan cerca fue porque desde lejos y sin conocerlo pude hacer sentido de la relación entre su pensamiento y su muerte y de que, en ese mismo ejercicio anónimo, estaba en realidad tratando de hacer sentido de la muerte de mi padre. Si al oír la forma en la que había muerto me dio gusto, fue porque la encontré congruente. Mi risa ante la muerte de mi padre fue una última risa filosófica que tuvimos juntos. Fue una última complicidad secreta como esas que cuando nos ocurrían nos causaban tanto placer. Fue un último “papá, yo sí entendí tu broma”. Fue un acto de amor y un principio de reconciliación con una relación que cuando la tuvimos, la tuvimos muy bien.
Cuando Leonor se fue de mi casa un rato después, me vinieron de golpe a la memoria miles de recuerdos bellos de mi padre. Cosas que no había podido recordar en años aparecieron todas juntas. Supongo que hay ciertas reconciliaciones para las que la muerte es una gran amiga.

Hope Sucks! o “la esperanza es una mierda”, rezaba un graffiti que él mismo había rayado en negro en una de las paredes de su estudio. Un graffiti que seguramente le habría gustado encontrarse a Mark Fisher. La esperanza como promesa estéril de un porvenir mejor, como trampa positivista de coerción al status quo. Trust! decía. Trust’s what you’ve gotta have. Not hope. Hope is for cowards. Mi padre odió la vida en el sentido más bello de la expresión. Odió las opciones que se le ofrecían y las rechazó siempre y construyó otras nuevas siempre y nunca he conocido a nadie de quien se pueda decir esto con tanta certeza. Odió la vida, como dice Lopez Petit, para querer vivir. Para abrirse a un vivir no regulado por una estructura política e ideológica que angustia, fragmenta y enferma; y en ese proceso, paradójicamente, se angustió, fragmentó y enfermó (también era un romántico, aceptémoslo), pero lo hizo como le dio su chingada gana y eso algo tiene de valioso.

De entre estas cáscaras intuyo que la posibilidad de esta muerte estaba ya trazada. Para mí la muerte de mi padre fue un suicidio. Quizá un suicidio más abstracto que otros porque no era un inglés sino un mazatleco y porque no era un filósofo materialista sino un pintor y un poeta.Y si digo suicidio no es para patologizar, victimizar y volver cobardes a los suicidas, no lo voy a permitir. Un suicidio es una declaración. Es un acto político íntimo y común a todos nosotros. Es un odiar la vida pero es también, aunque no lo parezca, un profundo querer vivir. La muerte de mi padre fue una muerte absolutamente consecuente. Fue una muerte con claridades.

HOPE SUCKS! Escribimos con una ramita sobre el cemento fresco de su tumba.

Se que mi padre estaría de acuerdo conmigo porque lo leí en sus ojos y en su graffiti, y porque lo intuyo en el ruido seco de su cráneo al golpear el concreto y porque lo escuché en el sonido de nuestras carcajadas entremezcladas en la complicidad secreta de su muerte. Papá, yo sí entendí tu broma. Te amo muchísimo.

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4 comments

  1. rebollito

    “Y le dije a Dios -alivianame señor, y me dijo -alivianate tu pendejo”Nacho. (recuerdos de su actividad como docente)

  2. Juan Pablo Anaya

    Me gustó mucho tu texto. Me recordó la muerte de Deleuze, cuando se tiró por la ventana. Siempre he pensado que su muerte no fue un suicidio trágico sino una especie de alegre y soberano acto de eutanasia. En fin, yo estoy escribiendo también sobre la muerte de mi padre, ahora que te leo me da por pensar que su muerte fue algo así como una última parranda.

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