El petroleo es traicionero porque refleja el cielo

Dos días antes de los Idus de Marzo caí enfermo. Había en la ciudad una epidemia de influenza. No aquella de tintes apocalípticos –gripe porcina– que había vaciado y vuelto paranoica a la ciudad entera años atrás, convirtiéndola en la perfecta y hostil geografía de una película de zombies. Esta epidemia era un poco más tranquila. Uno igual escuchaba historias de gente cercana a la muerte, de hospitales infectos, de escasez de tamiflu, pero no había ya (como efectivamente hubo en el 2009) hordas atacando farmacias, desconfianza a grupos de más de dos personas, ni miradas de odio hacia cualquiera que se atreviera a estornudar en público. Parece que, por lo menos, la opinión pública había sido organizada de manera distinta esta vez.

Caí enfermo. Venía regresando de un viaje que, aunque corto, me había dejado exhausto, y le atribuí mi malestar al cansancio, como siempre hago. Cuando no cesaba, se lo atribuí también a la tristeza. Estaba a punto de cumplirse un año desde que mi madre muriera. Mi madre murió, con lujo de agonía, durante la madrugada de los Idus de Marzo, que para los romanos eran el año nuevo, cosa que siempre me pareció muy significativa. No sólo por el año nuevo en si mismo y lo que podría simbolizar, ciclos que se abren y cierran, etcétera; sino por la agonía. Es sabido que Julio César fue asesinado, algunos años antes, el mismo día en que murió mi madre. Tengo aún muy fresca en mi mente esa última serie de respiraciones de mi madre, ya inconsciente, llena de drogas paliativas, con la piel color ceniza y la lengua tan inflamada que obstruía el paso del aire por su garganta; produciendo a cada inhalación un ruido burbujeante, gorgoteante y grave, y a cada exhalación una especie de gruñido de mamífero herido en lucha, que a fin de cuentas, aunque ya inconsciente, es lo que era. Un animal agonizante. Un último resquicio de vida, acorralada, peleando mecánicamente por no dejarse ir a si misma. La exhalación y la inhalación se intercambiaban a ritmos, de pronto, absolutamente irregulares, hasta llegar casi a confundirse a veces. ¿Qué está haciendo? ¿está inhalando? ¿está exhalando? Cuando un cuerpo agoniza, su despojo de cualquier resto de corrección postural y vocal es una de las cosas que más nos interpela. De pronto sentimos que nuestros lenguajes no son, como diría Chesterton, más que un mecanismo arbitrario de gruñidos y chillidos. Mientras veía a mi madre morir, agitándose largamente en esos últimos estertores, llenando la sala de ruido y de movimiento, estremeciendo, con cada agitación de su pecho, cada fibra de aire contenida en la habitación; pensaba también, estúpidamente, en Julio César. Me imaginaba a Julio César tirado boca arriba en un charco de sangre cada vez más amplio, sobre el piso de mármol del senado romano, convulsionándose en su muerte, ahogándose en su sangre. Escupiendo pequeñas partículas de sangre y mocos a cada nuevo espasmo, profiriendo ruidos tan sobrecogedores como los de mi madre. Sacudiéndose como un pez recién pescado. Hay algo muy poco honroso en morir. Hay algo grotesco, torpe, feo, en morir. Quizá porque el honor es en realidad ese vano intento de negar lo obvio, lo innegable. La muerte es pues, entre otras muchas cosas, el desenmascaramiento de ese honor en toda su falsedad. Es decir, no sólo no hay honor en la muerte, sino que el honor es una mamada y la muerte su más clara evidencia. No sé por qué digo esto, nunca me ha parecido particularmente importante el honor.

Caí enfermo pues; por cansancio, tristeza o infección, caí enfermo. Ese día se declaró contingencia ambiental en la ciudad por primera vez en una década. Al parecer, una serie de medidas de regulación de tráfico, motivadas por la privatización del control de multas a automóviles había, poco a poco, llevado a esta ciudad un poco más hacia el borde del colapso. Los transportes públicos fueron abiertos en gratuidad para incitar a la población a no usar auto, se restringió el uso de vehículos con placas de ciertas terminaciones y se recomendó estar al aire libre lo menos posible; por supuesto, no ejercitarse en la calle.

El fin de semana anterior había traído consigo una tormenta. Vientos de más de 100 kms por hora que arrancaron a su paso cientos de árboles, espectaculares, hojas enteras de vidrios de rascacielos que fueron a estrellarse a banquetas circuladas por peatones. Por precaución se cerraron escuelas y algunas oficinas gubernamentales. Hubo algunos muertos. Uno de esos días, caminando con Nadia, al intentar entrar al bosque de Chapultepec, el guardia se nos acercó, mire joven, no se les prohibe la entrada, nomás se les advierte y se les aconseja. Nos informan que se aproxima un viento de 120 kilómetros por hora y es muy peligroso estar en el bosque bajo esas condiciones; ‘ora sí que bajo su propio riesgo verdad. No, pues gracias oficial, pa’ qué arriesgarnos. Y nos fuimos a refugiar a casa de Nadia, por más que muriéramos de ganas de presenciar la tormenta en medio del bosque. Nadia estaba fascinada con el viento, con su poder wagneriano (podríamos hablar más bien de un poder vental en Wagner que de uno wagneriano en el viento, pero bueno), con su despliegue multidireccional y su evidenciación de nuestra fragilidad. Con su agitación de palmeras y su rotura de vidrios. Nunca había visto yo –o no recordaba– cielos tan azules en la ciudad como los de esos días, atardeceres tan encendidos, una luna ínfima aún pero brillantísima, los volcanes nevados a lo lejos, nítidos. La ciudad se limpió de mierda gracias a una potencialmente trágica tormenta de viento, como si la bestia sobre la que estamos montados se agitara un poco para calmarse el escozor. Pero apenas al día siguiente del fin de los vientos, regresó la nube gris, la nata gris, a posarse sobre el valle completo e infiltrarse con cada inhalación en nuestros torrentes sanguíneos. Un viento de esos a la semana, pedía Nadia, y la ciudad sería otra cosa. Pero no, no más viento, Más nata, y la ciudad hierve de negrura.

Yo hiervo también, hiervo de fiebre. Dormito y veo la televisión, algo tonto, cualquier cosa que no me requiera pensar mucho, y entre tanto recuerdo un texto de Fatima Al Qadiri en el que narra su experiencia de cuando, siendo niña, el ejercito iraquí invadió Kuwait e incendió sus campos petrolíferos. Si este petróleo no es para mi, que no sea para los gringos, habrá dicho Hussein. “It was a six hour journey driving through oil wells on fire in the desert. Any kid growing up next to an oil refinery will tell you they look like futuristic cities at night. But burning, they looked primordial, like machines committing mass suicide. Bubbling, gurgling, blackening the earth with tar and fire.”
[Era un viaje de seis horas manejando a través de los pozos petroleros incendiados en el desierto. Cualquier niña que esté creciendo cerca de una refinería te dirá que parecen ciudades futuristas en la noche. Pero incendiadas, se ven primordiales, como máquinas cometiendo un suicidio en masa. Burbujeando, borboteando, ennegreciendo la tierra de alquitrán y fuego].

Mientras escucho el nuevo disco de Fatima, la imagino chiquitita en el asiento de atrás del auto, sosteniendo con su manita un pañuelo contra la cara para protegerse siquiera simbólicamente del humo, mirando casi sin poder parpadear por la ventana también chiquitita de un auto diminuto en una carretera apenas insinuada, un débil trazo recto en medio de un desierto inconmensurable y devastado. La tierra misma incendiada y el cielo ennegrecido, chamuscado, un eclipse de humo. Lenguas enormes de fuegos fétidos tocando el cielo y exhalando bocanadas de impenetrabilidad. Nubes que parecen sólidas y que se extienden sin perder la forma hasta poco a poco diluirse en esa gruesa capa de oscuridad indiferenciada. Una nueva explosión, o un fuego revitalizado, de pronto iluminan de rojo la corteza de la negrura, la superficie de las volutas. Las texturas de la nata negra se revelan por un momento sólo para volverse aún más impenetrables habiendo pasado el flamazo. La posición del sol se adivina gracias a una claridad ocre que atraviesa una zona, quizá menos densa, del nubarrón. Esa claridad baña de mugre el desierto que se extiende frente al auto, ahora completamente cubierto de hollín a excepción del parabrisas, enlodado por chorritos de agua que intermitentemente saltan en su auxilio junto con el abanicar de los limpiadores. El parabrisas lucha por mantenerse semitransparente para poder seguir avanzando en ese espacio vacío y lleno al mismo tiempo. Para dejar atrás esas máquinas moribundas que sólo son sucedidas por otras más, también moribundas, indistinguibles de las previas. Máquinas cometiendo suicidios masivos. Burbujeantes, gorgoteantes y graves, ennegreciendo la tierra con el alquitrán y el fuego. Mi fiebre ha subido a más de 38º y deliro suavemente, es decir, no tengo muy claro lo que pienso y lo que alucino.

Es más difícil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo, cita Zizek cada vez que tiene oportunidad (la frase es en realidad de Frederic Jameson). Pero no es que sean cosas que uno pueda oponer. Si es difícil imaginar el fin del capitalismo es precisamente porque es fácil imaginar el fin del mundo, el apocalipsis zombie, la devastación total. El capitalismo vive allí, en ese escenario apocalíptico, vive de esa inminencia, de esa inmanencia del fin. Vive en ese milenarismo espectacular, en ese estado de excepción permanente pero siempre un poquito más excepcional, y siempre un poquito más permanente.

Hablo con Daniel y me recuerda esa película que Herzog filmó en Kuwait durante la misma época de la que huyó Fatima de niña a través del desierto en un pequeño auto cubierto de hollín: Lessons of Darkness. La miro. The oil is tretcherous, because it reflects the sky. The oil is trying to desguise itself as water [El petroleo es traicionero porque refleja el cielo. El petroleo está intentando hacerse pasar por agua], dice Herzog con su acento alemán mientras la cámara, quizá desde un helicóptero, nos muestra un interminable río reluciente, un paisaje que a lo lejos es placido, que podría aparecer en una postal. Mi fiebre ha subido casi a 40ºC y estoy francamente alucinando, y entre el sueño, la vigilia y el delirio, entremezclo los fuegos de Kuwait, el smog del D.F., la agonía de mi madre y mi propia enfermedad. La muerte es traicionera a veces porque refleja el cielo. En el caso de mi madre, parecía más viva cuando estaba muerta que cuando agonizaba.

Lessons of darkness, lecciones de oscuridad se llama la película, y en ella Herzog me pasea por otra tierra. Por una realidad que me es imposible concebir, por un paisaje alien que me extraña, me horroriza y me fascina. Enormes dinosaurios metálicos cometiendo suicidios en masa, explotando en llamas kilométricas, engañando al ojo inadvertido con espejos impolutos de petróleo, con muertes que podrían ser postales. El Medio Oriente es una unidad sintiente (dice Negarestani), y a través de su dispersa máquina petropolítica maquina también al mundo, lentamente. La Ciudad de México es otra unidad sintiente de la misma máquina. Un lago putrefacto que, paciente, hunde y enferma. Pienso en mi madre como en Kuwait, lanzando bocanadas de alquitrán y fuego a presión a través de su garganta cerrada por una lengua tan hinchada que la hace proferir sonidos inhumanos, cada exhalación una especie de gruñido de bestia herida en lucha. De animal agonizante. De máquina suicida. Un último resquicio de vida, acorralada, peleando mecánicamente por no dejarse ir mientras se ahoga dentro de su propio flujo de petróleo, incendiado por Hussein para evitar la invasión gringa. Tierra Quemada*.
Los bomberos que Herzog muestra son también soldados. Antes de iniciar el rescate de Kuwait, ya todos los pozos estaban repartidos.

Y recuerdo el epígrafe de la película, atribuido falsamente a Pascal:

“The collapse of the stellar universe will occur
—like creation— in grandiose splendor.”

Pero tampoco puedo dejar de pensar en las últimas líneas de The Hollow Man de Elliot:

“This is the way the world ends
This is the way the world ends
This is the way the world ends
Not with a bang but a whimper.”

_________________________________________
*Tierra quemada es el nombre de una táctica militar. De esta táctica, la usada por Hussein y por el cuerpo de mi madre.

 

lessons of darkness.jpg

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