Para Mamá, en Día de Muertos.

Cuando, muerto de nervios a los diecisiete, le dije a mamá que era bisexual, me respondió ¡Ay, que padre, como los griegos! y me regaló un libro de Kavafis. Mi madre me dio a los griegos. Me dio a Aquiles, Menelao y Helena de Troya; a Knossos, el Minotauro, Dédalo, el laberinto, Ariadna y Teseo; y a Tesalia, Jasón y el Vellocino. Me dio a Schliemann y a Tebas en emocionadísimas mañanas, sentadas en la tinaja de la ropa sucia mientras nos calentaba la leche con chocolate. Me dio las Mil y Una Noches, a Simbad el Marino, a Kipling, en pequeños capítulos que nos leía a mis hermanas y a mi antes de dormir: “Tu y yo somos de la misma sangre” le dijo Mowgli, pidiendo ayuda, a un milano cuando fue capturado por los Bandar-Log. Tu y yo somos de la misma sangre. Me dio a Borges también, y a Matsuo Basho, cuando nos enseñaba a escribir.
Me dio las matemáticas y la música, y la separación entre ambas: Ya ponte a estudiar. Mamá estoy escuchando este concierto, no puedo ponerle atención y hacer la tarea al mismo tiempo; también es estudio. Tienes razón (pensativa), es importante. Vas. (esa vez pensé que le había ganado, ahora lo entiendo como un regalo suyo).
Me mostró el horizonte también, me lo puso enfrente. Cuando vivíamos en el cerro y yo apenas sabía gatear, me trepaba a una maceta llena de tierra a contemplarlo. Nunca supieron como hacía para subir. Yo, evidentemente, no lo recuerdo. Me llevó al observatorio astronómico a mirar las estrellas y alcahueteó mi obsesión infantil por los cuchillos y las cerraduras, tan contraria a sus intereses. Me dio El Golem de Gustav Meyrink para explicarme que el que un milagro sea fabricado no le quita lo milagroso. Me regaló una cierta sensación de espiritualidad, lo suficientemente abstracta como para que evolucionara en una especie de nihilismo y una fascinación absorta por el universo, por lo inefable.
Me dio su respeto ante mi lejanía también, ante mi silencio; y su preocupación ante un cierto proyecto artístico que en algún momento interpretó como suicida. Me dio su total falta de objetividad ante cualquier producto de mi creatividad, su asombro y orgullo perennes, que en algún momento supuse falta de interés o incluso ignorancia y que ahora añoro.
Me dio su paciencia ante mis críticas más crudas, ante mi bullying por ser tan New Age, tan hippie, por creer en todo lo que sonara a sobrenatural, desde ovnis hasta Castaneda. Su ternura ante mis reclamos por la dureza de la vida que mis hermanas y yo vivimos con ella y con mi padre. Nos ofreció disculpas de mil maneras, y poco a poco las fuimos aceptando. Ahora pienso que quizá no eran tan necesarias, que lo doloroso nunca fue intencional, que, como dice Borges, la máquina del mundo es harto compleja para la simplicidad de los hombres, y que su vida fue parte de esa máquina.
Y esa misma línea de Borges me da consuelo en su enfermedad y en su muerte. No porque crea que existe algún designio ulterior que justifique el sufrimiento y la degradación, sino porque no lo creo, y porque tampoco creo muy particularmente que no lo haya; porque la máquina del mundo es harto compleja para la simplicidad de los hombres, porque no importa, o en todo caso, porque no me alcanza la importancia como para que algo como eso importe.
Y aún así le hablo. Hoy es día de muertos, y en la ofrenda que le pusimos mi hermana y yo, su fotografía me mira de soslayo. Y yo la miro de frente, y le hablo, y le leo poemas de Kavafis y de Elliot y le canto una y otra vez un par de canciones de Cat Stevens que le gustaban mucho, y le lloro y le digo que la quiero y que espero que esté bien, que no tenga sufrimiento si es que, contrario a mis sospechas, está. Y le digo que la quiero y que, contrario a mis sospechas, la extraño, porque la carga de cuidar a una enferma terminal, por más pesada y larga que haya sido, no aligera el caminar una vez que se ha esfumado. Y me pongo su collar de perlas blancas para sentirla cerca y recuerdo su olor y su cuerpo pequeñito abrazándome con fuerza aunque al final le quedara tan poca. Y le convido tequila porque, aunque viva tomaba muy poco, quizá los muertos desarrollen resistencia a los enervantes. Y entonces brindamos. Brindamos por ella y por nosotros, por todo lo que desaparece y por todo lo que no se va, porque una persona es en los otros también.
Pienso en su cuerpo tan flaquito al final, tan bonito, y en lo que resta de él, lo que nos dejó el fuego. Un montón de cenizas en una cajita de madera que no nos hemos atrevido aún a regresarle al mundo. Oh, that that earth which kept the world in awe, should patch a wall to expell the winter’s flow.
Mi madre murió hace casi siete meses en la víspera de Los Idus de Marzo, que en la antigüedad fueron el año nuevo, pero al contrario de César, murió rodeada de gente que la ama. Para mi cumpleaños numero treinta, siete días después, mi amiga Amanda me regaló un pisapapeles inglés. Una pequeña esfera de cristal que contiene una rosa que no se marchitará nunca. Fue un pequeño gesto mitológico. No porque evite de alguna manera metafórica la muerte de mi madre ni mi inminente envejecimiento, sino porque simboliza todas las rosas que se han marchitado y se marchitarán después. Porque, con todo lo cursi que una rosa atrapada en una bola de cristal pueda ser, me recuerda que las flores son también lo que se queda en la gente que las huele. Porque una persona es también en los otros. Porque, contrario a mucho de lo que recién dije, quiero que esa rosa se quede, como la rosa que, dice Borges, Milton acercó a su cara.

***

UNA ROSA Y MILTON

(JLB)

De las generaciones de las rosas
Que en el fondo del tiempo se han perdido
Quiero que una se salve del olvido,
Una sin marca o signo entre las cosas

Que fueron. El destino me depara
Este don de nombrar por vez primera
Esa flor silenciosa, la postrera
Rosa que Milton acercó a su cara,

Sin verla. Oh tú bermeja o amarilla
O blanca rosa de un jardín borrado,
Deja mágicamente tu pasado

Inmemorial y en este verso brilla,
Oro, sangre o marfil o tenebrosa
Como en sus manos, invisible rosa.

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10 comments

  1. Pepe Compeán

    Mi madre también murió de cáncer, hace ya un par de décadas…y claro, todavía duele. No tanto como al primer año, pero ese dolor nunca se quita.
    Gracias.

  2. Andrés Ludus

    Juan Francisco, tu escrito es maravilloso. Te conocí hace tanto y les perdí la pista. Jamás pensé que te fueras a convertir en un hombre que escribiera esto. Después de tantos años, me dolió enterarme de la muerte de tu madre a quien encontraba en la calle con cierta regularidad. Siempre dudé de la decisión que tomaron sobre su educación pero mira, cuán equivocado estaba. Era un escuincle carente de experiencia. Tu madre debe estar orgullosísima, como todos los amigos de los tres Maldonado. ¡Buena vida! Pues aunque la Muerte sabe cuando te alcanzará, te dio una gran ventaja que has podido aprovechar…

  3. Cocoy

    Oh! Juanfran querido! Por momentos me he quedado sin aliento, solo mis lágrimas me hacían recordar respirar nuevamente, es tan hermoso, tan vivo, tan exacto, me llena de orgullo leerte, me llena de orgullo recordar a tu mamá y decirle mi amiga, más que mi amiga, ver en ti y tus hermanas su trabajo, dedicación y amor. Es tan dulcemente mágico recordarla.
    Solo puedo darte las gracias y decirte te quiero.

  4. Liz

    Puede haber sido dura la vida a lado de tus padres, pero sin duda,fue parte del hombre que eres hoy, del que ella se siente orgullosa.hermosas palabras y maravillosa historia de vida!!!. Abrazo!

  5. Sun

    A mí tu mamá me dejó algo que nunca antes había sospechado tan preciosa, la enseñanza del valor de la miel, esa miel dulce y medicinal. Me gustaba mucho escucharla y que nos contara historias de la familia y de la casa y de tus abuelos y de los personajes que aparecían en las viejas fotos de la pared. Roma y yo también la recordamos con cariño en nuestra ofrenda, pequeña pero llena de flores que se llaman siemprevivas y que brillan como soles y nos recuerdan que “los muertos no se van hasta que los sepulta el olvido”. abrazo juanfran, ha sido hermoso leerte y recordarla.

  6. Loló Avila

    Juan Francisco, tú escrito me hizo recordar a tu querida mamá, la conocí por qué fue mi vecina, la recuerdo con cariño . El día que murió mi Padre , me la encontré y me dio un abrazo de aliento , de esos abrazos que reconfortan y se requieren en esos momentos .

  7. Sylvia

    Juanfri, hasta el día de hoy me atreví a leer tu ofrenda. Y estoy aquí en medio del otoño del Norte llorando de emoción. Es tan dura la ausencia y tan hermoso el legado. Me siento tan orgullosa de ser parte de una familia de seres humanos completamente hermosos. Te quiero!

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