Pasos y cigarros

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La parte inferior de las hojas era de un verde más claro que la superior, tal vez porque había llovido poco.

En su pequeño departamento de la colonia Narvarte, fumaba en la ventana de la habitación mirando hacia abajo. Un hombre recorría corriendo la acera de enfrente, volteando cada tanto hacia atrás como si lo persiguieran. De atrás de una camioneta estacionada aparecieron un par de perros blanquinegros de pequeño formato. La persecución era más bien un juego. Los coches, a intervalos irregulares, hacían un ruido acogedor al rodar sobre la calle aún húmeda, más que mojada, que cada tanto contrapunteaba con el omnipresente sonido de los aviones. Era esa hora del día. Al terminar su cigarro caminó cuatro pasos, empujó con el pie izquierdo sus sandalias de plástico blanquinegro, y se sentó en la silla de jardín frente a la computadora para escribir un par de líneas.

Minutos antes había salido de la casa, bajado los cuarenta escalones que lo llevaban a la puerta de entrada (con sus dos respectivos intervalos de pasillos y un tercero mas largo de vestíbulo, quizá quince pasos en este último), había girado a la izquierda dos veces, una tras cruzar el umbral y la otra en la esquina, en dirección al seven eleven a una cuadra cruzando la calle, una calle pequeña. Ya ahí, dubitativamente, y trazando una serie de cortos e inconexos recorridos de un estante a otro, se había abastecido de lo necesario para continuar la velada: Una cerveza, una cajetilla de cigarros, y unas galletas bastante despreciables. El regreso era el mismo que la ida pero se sentía un poco más breve. Los escalones los había subido de dos en dos, ahorrando tiempo e impulso, y ya adentro, prendiendo la luz de la entrada, se había dispuesto, por unos minutos, a fumar un primer cigarro en la sala mientras daba los primeros tragos a la cerveza. El cigarro de la sala era más un descanso, mientras que el de la ventana era ya parte del trabajo. Era un poco más reflexivo.

De la sala a la computadora, aunque había que pasar frente a la puerta de la habitación, hubo una corta escala en el baño para orinar. Al jalar la palanca se alegró de haber arreglado la cadena, rota hace un par de días, y entró a la habitación sin lavarse las manos. Ya sentado frente a la pantalla decidió más bien pararse a fumar en la ventana ese cigarro reflexivo que lo llevaría a notar tonos de verdes, niveles de humedad y persecuciones mascóticas.

Sus dedos se deslizaban por el teclado con cierta agilidad, haciendo cada tanto pausas reflexivas para formular o reformular una frase, o pausas técnicas para llevar su mano izquierda a la lata de cerveza tecate que descansaba muy cerca de la computadora (el escritorio era pequeño), y de allí alinearla a sus labios, no tan abultados como le hubiera gustado, inclinándola con suavidad hasta verter (también con suavidad) pequeñas cantidades del líquido que contenía. Cada tanto se llevaba la mano a la frente en señal automática de confusión, mientras se preguntaba sobre la validez de inventar términos nuevos como “blanquinegro” o “mascóticas” o “epileptizan”. Mientras la mano iba a la frente (a veces era más bien la frente la que alcanzaba a la mano en una a todas luces ignorante búsqueda por minimizar esfuerzos), los dedos paraban su tránsito por el teclado, para luego regresar al texto. Había ciertas teclas, quizá las más utilizadas, que estaban cubiertas de una delgadísima película de grasa, la grasa de sus dedos, y que contrastaban en textura con sus congéneres mas limpias. (Tengo que limpiar este teclado, se dijo). Se preguntó también por qué siempre tecleaba la barra espaciadora con la mano derecha, y por qué lo hacía intercambiablemente con el pulgar o el índice. Notó que en general cuando usaba el pulgar era un poco más torpe, y lleno de preguntas, ahora le preocupó si usarlo era normal en él, o si lo estaba haciendo sólo porque estaba siendo consciente de lo que pasaba sobre ese territorio.

“La manera en la que nuestros dedos activan el teclado es en general un tema que se revisa poco” pensó. Pensó también, recordó, a una señora mayor que en un tlapalería, observando una carretilla de albañilería, había dicho “Ay pero que chula carretilla”. Recordó que le había parecido peculiar (aunque detestara la palabra peculiar describía bien su sensación, así que la usó) y se imaginó a esa señora cargando ladrillos de un lado a otro en la carretilla y preparando la mezcla de cemento que cubriría el techo de su casa. Pensó también que siempre le había tenido respeto a los albañiles. Que si no fuera tan miedoso, le hubiera gustado ser un albañil. “Al menos por un tiempo”, se dijo con la seguridad burguesa de quien no considera el trabajo directamente como una obligación, por más que no tenga la situación económica resuelta en lo más mínimo. Se detuvo, se rascó la punta de la nariz con la uña del pulgar izquierdo, que estaba esmaltada en gris, tomó la lata de cerveza, y se la llevó a los labios una vez más. El sonido de un avión interrumpió su tren de pensamiento, y el sonido de una bicicleta recorriendo la calle contrastó con un par de risas cercanas. “Esta calle siempre es un desmadre” pensó aunque en realidad estaba bastante tranquila. El mayor problema eran los aviones, porque la colonia Narvarte está justo debajo del trayecto de posicionamiento para bajar hacia el aeropuerto. No está cerca del aeropuerto, sólo en su camino aéreo, y es algo con lo que hay que aprender a vivir si uno vive en la Narvarte. No sólo por el ruido, sino porque cada vez que pasa un avión, la conexión wi-fi sufre pequeños traumas que la epileptizan.

Mientras se enroscaba el bigote, también con la mano izquierda, pensó en fumar un tercer cigarro, así que dejó la computadora abierta, se quejó de un nuevo avión que ahora sonaba más cercano, se levantó de la silla, la movió un poco de lado, y se encaminó a la mesa del comedor a recoger la cajetilla recién comprada que había dejado allí a propósito para no fumar tanto. Fueron dieciocho pasos más los de regreso, que en este caso se sintieron un poquito más largos. Cada paso tuvo una longitud y un ritmo particular, una caminata muy poco grácil. Ya estando en la sala (la sala y el comedor eran la misma cosa) recordó que el nuevo integrante de la comunidad vegetal de la casa, un helecho, aún no había sido regado y se dispuso a hacerlo, pero prefirió seguir escribiendo. “Cuando termine lo hago. No quiero que se me vaya la idea” se dijo.

Cuando terminaba de fumar el tercer cigarro (el segundo reflexivo, es decir, junto a la ventana), además de observar a lo lejos cómo, entre risas y agudos gritos esporádicos terminaban de limpiar una taquería cercana ya a punto del cierre, notó en la acera de enfrente, en la del señor y los perros, a un par de adolescentes recorriendo la calle en sentido opuesto (al del señor y los perros). Se veían apresurados porque caminaban-corrían a pasos cortos mientras parecían increparse o compartir alguna preocupación, y se preguntó por qué en el México central, la gente cuando tiene prisa camina-corre a pasos muy cortos, a veces incluso mas cortos que si sólo caminara. Quizá la sensación de mover mucho y muy rápido las piernas satisface una cierta necesidad de urgencia aunque no los haga llegar antes. Quizá dar pasos largos les da una sensación de lentitud aunque los haga avanzar más ágilmente.

Tras esta última observación regresó al texto, ahora en cinco pasos, aunque más rápidos que los primeros, y continuó escribiendo. Le dolía un poco el omóplato derecho (o los músculos que lo circundan) y sus dedos, aunque ágiles sobre el teclado, eran también imprecisos y generosos con las faltas de ortografía. Un último desplazamiento de su mano izquierda llevó la lata de cerveza a su boca y vaciándola, decidió dejar de escribir.

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