MEDUSAS ALIENÍGENAS (un texto de gratitud)

cyanea capillata

Everyone I know is falling apart.

Me dije. Me lo dije así, en inglés, supongo que me pareció que sonaba más cinematográfico.

Pero de todas formas era cierto. El que una experiencia sea intensa no quiere decir que uno deje de lado la ficción. O a caso el puro tono.

Ese día pensé mucho en las medusas. Era mi cumpleaños. Tenía un poco de hambre, pero en vez de hacerle caso fumé varios cigarros viendo por la ventana. Fumar en mi ventana tiene dos funciones a demás de la obvia, que es fumar, en sí misma. La primera es evitar que la habitación se llene de humo, y la segunda es mirar el árbol de la acera de enfrente. Es una jacaranda y en esta época del año está desbordante. Muchas veces, cuando miro una jacaranda, me imagino siendo sabio, yo creo que por cierto cliché oriental inconsciente o por el ritmo. Todos los árboles son rítmicos pero la jacaranda es además melódica. Son las flores que caen que tienen algo muy de melódicas. No las flores, más bien el caer.

Borges en una conferencia sobre el tiempo dice que en no se que civilización (tal vez Persia), no se creía en el caer. Para ellos una manzana no caía del árbol, sino que estaba colgada y luego estaba en el suelo. Después dice algo chaférrima, sobre cómo los poetas nuevos escriben en prosa porque es mas fácil. Nunca antes había leído una frase de Borges en la que me pareciera que chocheaba, hasta esta. Es decir, se me cayó un poco, o en términos “persas” apareció un poco en el suelo.

Pero de regreso de la digresión, me pregunto que pensarían los persas de las jacarandas.

Borges cita ese ejemplo para hablar del tiempo, pero creo que podría muy bien funcionar para hablar del caer. Creo que la gravedad ha sido injustamente subestimada por la metafísica. Debería estar a la par de sus disertaciones sobre el tiempo y el espacio. Tampoco es que tenga mucho que decir al respecto, simplemente lo creo. Leí un artículo en el que medusas criadas en el espacio fueron traídas a la tierra, y ninguna pudo adaptarse a la gravedad. No por una cuestión fisiológica, sino por una cuestión convencional. Para las medusas espaciales, la gravedad era un factor extra, indescifrable. Sufrieron vértigo y desorientación. Yo me siento un poco así, como una medusa para la que la gravedad no es una convención clara, y hoy es mi cumpleaños.

En realidad hoy no es mi cumpleaños, pero estoy escribiendo este texto para publicarlo el día preciso, porque los cumpleaños me parecen, como la gravedad, una convención importante. También como la gravedad me parecen poco claros los cumpleaños, pero algo tienen que me intriga. Cumplir años es como caer un poco, o más bien como aparecer un poco más en el suelo. No porque el suelo sea firme, sino porque está un poco más abajo. Hay años complicados, o etapas complicadas que se categorizan en años para sentir que el siguiente puede traer nuevos vientos. Me pregunto que pensarían los persas de las medusas espaciales, que tienen vértigo porque no creen en caer, o porque no saben que podrían hacerlo.

Hay un tipo de medusa que es biológicamente inmortal. Su organismo no guarda ninguna información de deterioro cíclico. Quizá ese tipo de medusa también llegó del espacio en algún momento y nunca se terminó de adaptar. Si una parte de ella no sabe caer, tampoco sabe morir; la gravedad nos da eso, certezas, si la sabemos leer. Me pregunto si los persas eran inmortales.

No estoy pretendiendo inmortalidad, ni me interesaría buscarla. Sólo digo que de pronto hay certezas que se me escapan. Me pregunto que pensarían los persas de la refracción de la luz.

*****

Hoy es mi cumpleaños. Cumplo 29 y son las 12:31am.

Mientras escucho “Trucha porque no hay tiempo” de Juan Cirerol fumo un cigarro en la ventana de mi cuarto y miro la calle abajo. Está semitapizada de flores de jacaranda que no paran de caer, aunque tampoco se apresuran, de un par de arboles en la acera de enfrente. Intento, o no puedo evitar, hacer un repaso del año.

Un año incomprensible, tal vez como todos.

La muerte es mi amiga, me digo aunque no estoy tan seguro.

Cada tanto uno pierde el piso, o cada tanto uno nota que lo que creía un piso no lo era. Leí que en una estación espacial criaron medusas, y que al venir a la tierra, les fue imposible acostumbrarse a la gravedad, usarla como punto de referencia espacial. Porque sé que peso, para allá es arriba. El artículo no decía nada de su sentido de la orientación en el espacio exterior, pero supongo que era mejor. Quizá sus referencias en el espacio eran mas relacionales, quizá eran más específicas a cada situación, a las demás medusas, a la comida, no se. Cuando uno pierde el piso lo que en realidad pierde es la gravedad, y estando acostumbrados a ella, de pronto el piso no es piso, nunca lo fue. No hay piso sin gravedad.

Este año me volví un poco nihilista (un poco nihilista no existe. o nihilista o no), y a falta de gravedad, o de capacidad para comprenderla, busqué referencias espaciales más relacionales, como las medusas del espacio que supongo. No sé cual sea el lapso de memoria de las medusas. Me imagino que es corto, y si es corto quizá eso las salve en el espacio, porque podrán siempre establecer nuevas relaciones espaciales. Ignorar referencias anteriores, anacrónicas ya. Es cansado pero puede funcionar. Yo en cambio recuerdo mucho y trato de otorgar atributos gravitacionales a las otras medusas.

Lo que quiero decir es que el problema es más la falta que la ausencia, y como seguro habrá pensado Lacan, la falta es cabrona.

Me aferro a mis amigas para sobrevivir. A veces a su compañía, a veces a su mera idea, y mis amigas, como yo, se caen a pedazos. O no se caen, porque también les falta gravedad, pero flotan en pedazos. Pedazos lentos y erráticos que cada tanto rebotan o se encuentran, formando fisiologías dispares, monstruosas pero sobrevivientes.

Podría decir que hasta ahora hemos sobrevivido, y que el tiempo lo cura todo, pero si Juan Cirerol tiene razón en el título de la canción que escucho, entonces quizá no haya mucho que curar, ni mucho que sobrevivir. Si no hay tiempo quizá pueda tener memoria de medusa y vivir en el espacio. Tal vez la inmortalidad es la falta de capacidad para comprender la gravedad de lo narrativo, de la narrativa. Me pregunto que pensarían los Persas de Lacan, de Juan Cirerol.

Aunque lo hago mucho, siempre me ha parecido raro escribir en primera persona, y más en un cumpleaños, parece tan egocéntrico… Me gustaría que este texto fuera una revisión de lo humano y su crisis, una generalización abstracta que me excluyera por completo del centro de la discusión, pero cuando lo intento es mucho peor. Escribir en primera persona es entonces una estrategia para aceptar lo intrascendente de mi experiencia, lo poco importante de mi vida, lo incomprensible de mi narrativa. Una estrategia limitada, pero un intento al fin. No es que me vida sea poco importante en particular, o especialmente poco importante, lo que de hecho la haría importante. Me refiero más bien a la insignificancia de la experiencia personal en general. Su insignificancia en términos trascendentales es a la vez la clave de su importancia inmanente. Porque la experiencia se contiene a si misma, porque no significa nada, ni representa otra cosa. La experiencia es lo único que es. Es lo único que tenemos.

La experiencia, con o sin gravedad, es lo único.

Hace un par de semanas, hablando con un primo sobre correr , ya tarde en casa de mi abuelo, llegué a esa conclusión, y así, tan 2+2, me salvó un poco la vida.

También hace poco se me desplomó el marco teórico y con él, las pretensiones políticas de mi trabajo. O quizá no se desplomó, sino que apareció ya en el piso. Un marco teórico persa. Me niego a seguir usando (teóricamente hablando) patillas y pantalones acampanados. Me niego a seguir aceptando que el lenguaje lo contiene todo, que no hay escapatoria, que la micropolítica es nuestra única arma, que el arte tiene algún alcance político whatsoever, que podemos luchar desde adentro, que hay burbujas de resistencia, etcétera. Pero tampoco tengo un mejor plan. En todo caso me aferro al feminismo y a la experiencia. Creo que el feminismo es el único proyecto político con intereses revolucionarios que ha tenido algún resultado bueno en el último siglo (o en general), y creo que su importancia radica justo en la experiencia. El feminismo no se olvidó nunca de la experiencia. Cuando alguien afirma que la intimidad también es política, no se refiere tanto a llevar un código de ética bajo la manga en todo momento (o no sólo, quiero pensar), sino a sentir distinto, o en todo caso, a poner atención en lo que uno siente. El feminismo lleva a la práctica un esfuerzo personal por producir seres distintos. El feminismo, más allá de campañas, activismos y manifestaciones, es un proyecto personal, es un intento íntimo. Los logros legales y morales por la equidad están bien, obviamente; pero la importancia real radica en la experiencia, en el nivel más básico de lo experiencial. De lo ontológico como acción.

Esa especificidad, ese giro mínimo salva al feminismo de quedarse en lo ideológico, en lo relacional, en lo discursivo, en lo político. Lo pone en otro nivel de discusión. En un nivel en el que no hay discusión. Las condiciones externas podrán seguir siendo las mismas, pero las mujeres, o más bien la feminidad, ya no funciona igual.

El feminismo como práctica, más que como ideología, logra atravesar mi nihilismo que mas bien huele a depresión, no para darme ninguna esperanza ni para proyectar futuros, sino para aseverar lo innegable: que se puede ser persona de otra manera, que todo es más simple o más limitado, y que la experiencia es lo único que hay.

Y luego pienso que la feminidad lleva 100 años reinventándose, mientras que la masculinidad apenas despierta, y me intento volver un parásito porque no tengo tanto tiempo, porque si le creo a Juan Cirerol, no tengo tiempo. El tiempo no se “tiene”.  Así que me declaro no-hombre, y con ello renuncio a una tradición. Renuncio a medirme el pene y a cargar con las culpas, responsabilidades y privilegios que históricamente me corresponderían si fuera un hombre. Renuncio a tener una posición clara, no porque busque ambigüedad, sino porque si me suelto no tengo a donde ir, y entonces me quedo otra vez flotando como idiota. Como medusa espacial traída a la tierra.

Y regresa la ola de nihilismo, porque no tengo la creatividad para construirme un nuevo marco, ni la destreza. Ni la ceguera como para adoptarlo si lo lograra. Y aquí entra (aunque había sido anunciado más arriba) el problema del arte. WTF con el arte? No hay mucho que hacer, no tengo nada que decir al respecto.

Y luego me pongo a bailar a Aretha Franklin, o a toquetearme, o a cantar a Juan Cirerol, o a correr, o a pensar en mis amigos, y me siento mejor.

Quizá es la precrisis de los 30, y entonces soy el típico güey que se está mirando el ombligo, pero no me gustaría que se malentendiera mi posición, que no pretende ser de víctima. Mucha de la gente que conozco está tan medusa como yo, tan manzana persa. Quizá es sólo un cambio en la episteme, para falsocitar a Foucault; quizá el libre albedrío tampoco existe tanto y somos presas de un proceso histórico de hueva; quizá sólo tendría que coger más y relajarme un chingo.

Anyway. Es mi cumpleaños y hay jacarandas afuera, y las flores siguen cayendo.

*****

Intenté, durante una semana, escribir un “espontáneo” texto de cumpleaños. Lo corregí algunas veces y lo reescribí de ceros un par, y simplemente no funciona. El problema está en que odio agradecer “a la vida y a mi gente querida”, me parece super mainstream, super entrega de premios. Y un cumpleaños no es una entrega de premios, ni una graduación, ni un “pasé el examen”. Un cumpleaños es un “aún no has pasado ni madres” un “ahora sí viene lo rudo”. El año que hoy termina para mi, ha sido el más desesperado, el más difícil (el más feo fue el 2009), y bajo esas circunstancias, el agradecimiento cobra otras dimensiones. Mi necesidad de agradecer entonces no viene de querer repartir un poquito la gloria, porque no hay gloria que repartir. Mi necesidad de agradecer es casi tan desesperada como el año porque implica reconocer que yo solo no puedo, nada, no puedo nada, yo no puedo nada solo. Y que si no fuera por mis amigos estaría echo mierda, si es que.

Así que agradecer es lo único que puedo hacer, y lo hago desde la comodidad de mis pensamientos, o en ocasiones individuales, pero también quiero escribir un texto, y allí es donde me falla la cosa.

*****

Este texto originalmente lo escribí a mediados de marzo. Intentaba ser un texto de agradecimiento a mis amigas (os) en ocasión de mi cumpleaños. Intentaba ser un regalo, o algo bonito, pero me costó mucho trabajo y lo escondí. Pasado el pudor, lo publico ahora, 6 de julio del 2014, aunque no cumpla muy bien su cometido. Ustedes ya saben quienes son.

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