Hope sucks!

Hope sucks! o la esperanza es una mierda.

Murió Mark Fisher, uno de cuyos libros, Capitalist Realism, leí y discutí ávidamente en un invierno particularmente frío hará un par de años. Entre otras cosas, Capitalist Realism hace un análisis brillante y con un gran sentido del humor de la influencia de la política (y de la ideología) neoliberal sobre la salud mental. Sobre la depresión como dispositivo de fragmentación y angustia. Sobre la salud mental de Mark Fisher, podemos suponer y, suposiciones de más o de menos, algunos compartimos cosas de su sentir y agradecemos sus claridades. Hay que odiar la vida, parafraseando a Lopez Petit (con quien seguro Mark Fisher hubiera querido platicar si no es que efectivamente lo hizo). Si la vida se restringe a estas únicas y blanqueadas opciones que el capitalismo nos extiende haciéndonos, además, creer que tenemos alguna posibilidad de elección, hay que odiarla. Hay que luchar contra ella, hay que recuperar el odio como herramienta de resistencia e incluso como arma de acción.
La muerte de Mark Fisher, de quien no sé mucho más que sus posts en su blog, me sacudió brutalmente. Más de lo que habría cabido esperar, si es que cabe esperar un gradaje de sacudida frente a una muerte. Me sacudió sobre todo porque no fue cualquier muerte. La de Mark fue un suicidio. Rasco entre las cáscaras de mi pésima memoria y blandiendo una ambigüedad flagrante todo me hace sentido. El suicidio de Mark Fisher (como cualquier otro, supongo, nomás que este, además, público) ni fue un caso aislado ni es un acontecimiento exclusivamente personal. Ya las feministas nos vienen recordando desde hace milenios que lo personal es político. De entre esas cáscaras intuyo que la posibilidad de esta muerte estaba ya trazada en su libro. Intento entender que morir así es morir con claridades, y recuerdo a un amigo que en vez de hablar de la diferencia entre lo público y lo privado prefiere hablar de la correlación entre lo común y lo íntimo. La muerte de Mark Fisher fue una muerte íntima (desde mi ignorancia imagino esta última frase como un pleonasmo porque asumo que la muerte es acaso el gesto de mayor intimidad posible) y con toda esa intimidad fue una muerte común. Fue, quizá absurda aunque preferiría decir inesperadamente, íntima para mi también. Pero sobre todo fue una muerte absolutamente consecuente. Fue una muerte con claridades.

Dias antes había muerto mi padre, a quien para estas alturas de mi vida había dejado de considerar parte de mi familia. Familia es una palabra horrible, me dijo Juan un día, prefiero manada. Y corrigiéndome, si mi padre nunca dejaría de ser mi familia, no era, desde hacía años, parte de mi manada. Me hubiera encantado que mi manada conociera a mi padre, y prácticamente nadie lo hizo, pero ese es otro tema.
El día que murió mi padre Leonor llegó en la madrugada a tocarme la puerta. “Abreme. Estoy aquí abajo” Abrí medio dormido y medio asustado.
“Qué pasó, ¿estás bien?”
“Se acaba de morir mi papá”.
“Ay, pensé que había pasado algo peor” le respondí.
“¿Como qué?”.
“No se, que te había pasado algo a ti”.

Regreso en mi mente una y otra vez a ese momento, no porque me sienta culpable sino porque lo intento entender, y creo que, en un momento de adrenalina e incomprensión total, instintivamente me importó más mi manada que mi familia. La noticia de la muerte de mi padre fue primero la noticia de que no le había pasado nada a Leonor. La noticia de la muerte de mi padre, creo que aún no me termina de caer. Subimos las escaleras hacia mi departamento y ya adentro, pregunté que había pasado. “Se cayó de una ventana” me dijo, y solté una carcajada. Supongo que algo habrá tenido de risa nerviosa pero también fue una risa real. No una risa de burla, sino más como una risa de gusto.
Días después murió Mark Fisher y sentí su muerte muy cerca. Y mientras escribo esto me voy dando cuenta de que si la sentí tan cerca fue porque desde lejos y sin conocerlo pude hacer sentido de la relación entre su pensamiento y su muerte y de que, en ese mismo ejercicio anónimo, estaba en realidad tratando de hacer sentido de la muerte de mi padre. Si al oír la forma en la que había muerto me dio gusto, fue porque la encontré congruente. Mi risa ante la muerte de mi padre fue una última risa filosófica que tuvimos juntos. Fue una última complicidad secreta como esas que cuando nos ocurrían nos causaban tanto placer. Fue un último “papá, yo sí entendí tu broma”. Fue un acto de amor y un principio de reconciliación con una relación que cuando la tuvimos, la tuvimos muy bien.
Cuando Leonor se fue de mi casa un rato después, me vinieron de golpe a la memoria miles de recuerdos bellos de mi padre. Cosas que no había podido recordar en años aparecieron todas juntas. Supongo que hay ciertas reconciliaciones para las que la muerte es una gran amiga.

Hope Sucks! o “la esperanza es una mierda”, rezaba un graffiti que él mismo había rayado en negro en una de las paredes de su estudio. Un graffiti que seguramente le habría gustado encontrarse a Mark Fisher. La esperanza como promesa estéril de un porvenir mejor, como trampa positivista de coerción al status quo. Trust! decía. Trust’s what you’ve gotta have. Not hope. Hope is for cowards. Mi padre odió la vida en el sentido más bello de la expresión. Odió las opciones que se le ofrecían y las rechazó siempre y construyó otras nuevas siempre y nunca he conocido a nadie de quien se pueda decir esto con tanta certeza. Odió la vida, como dice Lopez Petit, para querer vivir. Para abrirse a un vivir no regulado por una estructura política e ideológica que angustia, fragmenta y enferma; y en ese proceso, paradójicamente, se angustió, fragmentó y enfermó (también era un romántico, aceptémoslo), pero lo hizo como le dio su chingada gana y eso algo tiene de valioso.

De entre estas cáscaras intuyo que la posibilidad de esta muerte estaba ya trazada. Para mí la muerte de mi padre fue un suicidio. Quizá un suicidio más abstracto que otros porque no era un inglés sino un mazatleco y porque no era un filósofo materialista sino un pintor y un poeta.Y si digo suicidio no es para patologizar, victimizar y volver cobardes a los suicidas, no lo voy a permitir. Un suicidio es una declaración. Es un acto político íntimo y común a todos nosotros. Es un odiar la vida pero es también, aunque no lo parezca, un profundo querer vivir. La muerte de mi padre fue una muerte absolutamente consecuente. Fue una muerte con claridades.

HOPE SUCKS! Escribimos con una ramita sobre el cemento fresco de su tumba.

Se que mi padre estaría de acuerdo conmigo porque lo leí en sus ojos y en su graffiti, y porque lo intuyo en el ruido seco de su cráneo al golpear el concreto y porque lo escuché en el sonido de nuestras carcajadas entremezcladas en la complicidad secreta de su muerte. Papá, yo sí entendí tu broma. Te amo muchísimo.

IMG_20170108_140510588.jpg

 

Advertisements

El petroleo es traicionero porque refleja el cielo

Dos días antes de los Idus de Marzo caí enfermo. Había en la ciudad una epidemia de influenza. No aquella de tintes apocalípticos –gripe porcina– que había vaciado y vuelto paranoica a la ciudad entera años atrás, convirtiéndola en la perfecta y hostil geografía de una película de zombies. Esta epidemia era un poco más tranquila. Uno igual escuchaba historias de gente cercana a la muerte, de hospitales infectos, de escasez de tamiflu, pero no había ya (como efectivamente hubo en el 2009) hordas atacando farmacias, desconfianza a grupos de más de dos personas, ni miradas de odio hacia cualquiera que se atreviera a estornudar en público. Parece que, por lo menos, la opinión pública había sido organizada de manera distinta esta vez.

Caí enfermo. Venía regresando de un viaje que, aunque corto, me había dejado exhausto, y le atribuí mi malestar al cansancio, como siempre hago. Cuando no cesaba, se lo atribuí también a la tristeza. Estaba a punto de cumplirse un año desde que mi madre muriera. Mi madre murió, con lujo de agonía, durante la madrugada de los Idus de Marzo, que para los romanos eran el año nuevo, cosa que siempre me pareció muy significativa. No sólo por el año nuevo en si mismo y lo que podría simbolizar, ciclos que se abren y cierran, etcétera; sino por la agonía. Es sabido que Julio César fue asesinado, algunos años antes, el mismo día en que murió mi madre. Tengo aún muy fresca en mi mente esa última serie de respiraciones de mi madre, ya inconsciente, llena de drogas paliativas, con la piel color ceniza y la lengua tan inflamada que obstruía el paso del aire por su garganta; produciendo a cada inhalación un ruido burbujeante, gorgoteante y grave, y a cada exhalación una especie de gruñido de mamífero herido en lucha, que a fin de cuentas, aunque ya inconsciente, es lo que era. Un animal agonizante. Un último resquicio de vida, acorralada, peleando mecánicamente por no dejarse ir a si misma. La exhalación y la inhalación se intercambiaban a ritmos, de pronto, absolutamente irregulares, hasta llegar casi a confundirse a veces. ¿Qué está haciendo? ¿está inhalando? ¿está exhalando? Cuando un cuerpo agoniza, su despojo de cualquier resto de corrección postural y vocal es una de las cosas que más nos interpela. De pronto sentimos que nuestros lenguajes no son, como diría Chesterton, más que un mecanismo arbitrario de gruñidos y chillidos. Mientras veía a mi madre morir, agitándose largamente en esos últimos estertores, llenando la sala de ruido y de movimiento, estremeciendo, con cada agitación de su pecho, cada fibra de aire contenida en la habitación; pensaba también, estúpidamente, en Julio César. Me imaginaba a Julio César tirado boca arriba en un charco de sangre cada vez más amplio, sobre el piso de mármol del senado romano, convulsionándose en su muerte, ahogándose en su sangre. Escupiendo pequeñas partículas de sangre y mocos a cada nuevo espasmo, profiriendo ruidos tan sobrecogedores como los de mi madre. Sacudiéndose como un pez recién pescado. Hay algo muy poco honroso en morir. Hay algo grotesco, torpe, feo, en morir. Quizá porque el honor es en realidad ese vano intento de negar lo obvio, lo innegable. La muerte es pues, entre otras muchas cosas, el desenmascaramiento de ese honor en toda su falsedad. Es decir, no sólo no hay honor en la muerte, sino que el honor es una mamada y la muerte su más clara evidencia. No sé por qué digo esto, nunca me ha parecido particularmente importante el honor.

Caí enfermo pues; por cansancio, tristeza o infección, caí enfermo. Ese día se declaró contingencia ambiental en la ciudad por primera vez en una década. Al parecer, una serie de medidas de regulación de tráfico, motivadas por la privatización del control de multas a automóviles había, poco a poco, llevado a esta ciudad un poco más hacia el borde del colapso. Los transportes públicos fueron abiertos en gratuidad para incitar a la población a no usar auto, se restringió el uso de vehículos con placas de ciertas terminaciones y se recomendó estar al aire libre lo menos posible; por supuesto, no ejercitarse en la calle.

El fin de semana anterior había traído consigo una tormenta. Vientos de más de 100 kms por hora que arrancaron a su paso cientos de árboles, espectaculares, hojas enteras de vidrios de rascacielos que fueron a estrellarse a banquetas circuladas por peatones. Por precaución se cerraron escuelas y algunas oficinas gubernamentales. Hubo algunos muertos. Uno de esos días, caminando con Nadia, al intentar entrar al bosque de Chapultepec, el guardia se nos acercó, mire joven, no se les prohibe la entrada, nomás se les advierte y se les aconseja. Nos informan que se aproxima un viento de 120 kilómetros por hora y es muy peligroso estar en el bosque bajo esas condiciones; ‘ora sí que bajo su propio riesgo verdad. No, pues gracias oficial, pa’ qué arriesgarnos. Y nos fuimos a refugiar a casa de Nadia, por más que muriéramos de ganas de presenciar la tormenta en medio del bosque. Nadia estaba fascinada con el viento, con su poder wagneriano (podríamos hablar más bien de un poder vental en Wagner que de uno wagneriano en el viento, pero bueno), con su despliegue multidireccional y su evidenciación de nuestra fragilidad. Con su agitación de palmeras y su rotura de vidrios. Nunca había visto yo –o no recordaba– cielos tan azules en la ciudad como los de esos días, atardeceres tan encendidos, una luna ínfima aún pero brillantísima, los volcanes nevados a lo lejos, nítidos. La ciudad se limpió de mierda gracias a una potencialmente trágica tormenta de viento, como si la bestia sobre la que estamos montados se agitara un poco para calmarse el escozor. Pero apenas al día siguiente del fin de los vientos, regresó la nube gris, la nata gris, a posarse sobre el valle completo e infiltrarse con cada inhalación en nuestros torrentes sanguíneos. Un viento de esos a la semana, pedía Nadia, y la ciudad sería otra cosa. Pero no, no más viento, Más nata, y la ciudad hierve de negrura.

Yo hiervo también, hiervo de fiebre. Dormito y veo la televisión, algo tonto, cualquier cosa que no me requiera pensar mucho, y entre tanto recuerdo un texto de Fatima Al Qadiri en el que narra su experiencia de cuando, siendo niña, el ejercito iraquí invadió Kuwait e incendió sus campos petrolíferos. Si este petróleo no es para mi, que no sea para los gringos, habrá dicho Hussein. “It was a six hour journey driving through oil wells on fire in the desert. Any kid growing up next to an oil refinery will tell you they look like futuristic cities at night. But burning, they looked primordial, like machines committing mass suicide. Bubbling, gurgling, blackening the earth with tar and fire.”
[Era un viaje de seis horas manejando a través de los pozos petroleros incendiados en el desierto. Cualquier niña que esté creciendo cerca de una refinería te dirá que parecen ciudades futuristas en la noche. Pero incendiadas, se ven primordiales, como máquinas cometiendo un suicidio en masa. Burbujeando, borboteando, ennegreciendo la tierra de alquitrán y fuego].

Mientras escucho el nuevo disco de Fatima, la imagino chiquitita en el asiento de atrás del auto, sosteniendo con su manita un pañuelo contra la cara para protegerse siquiera simbólicamente del humo, mirando casi sin poder parpadear por la ventana también chiquitita de un auto diminuto en una carretera apenas insinuada, un débil trazo recto en medio de un desierto inconmensurable y devastado. La tierra misma incendiada y el cielo ennegrecido, chamuscado, un eclipse de humo. Lenguas enormes de fuegos fétidos tocando el cielo y exhalando bocanadas de impenetrabilidad. Nubes que parecen sólidas y que se extienden sin perder la forma hasta poco a poco diluirse en esa gruesa capa de oscuridad indiferenciada. Una nueva explosión, o un fuego revitalizado, de pronto iluminan de rojo la corteza de la negrura, la superficie de las volutas. Las texturas de la nata negra se revelan por un momento sólo para volverse aún más impenetrables habiendo pasado el flamazo. La posición del sol se adivina gracias a una claridad ocre que atraviesa una zona, quizá menos densa, del nubarrón. Esa claridad baña de mugre el desierto que se extiende frente al auto, ahora completamente cubierto de hollín a excepción del parabrisas, enlodado por chorritos de agua que intermitentemente saltan en su auxilio junto con el abanicar de los limpiadores. El parabrisas lucha por mantenerse semitransparente para poder seguir avanzando en ese espacio vacío y lleno al mismo tiempo. Para dejar atrás esas máquinas moribundas que sólo son sucedidas por otras más, también moribundas, indistinguibles de las previas. Máquinas cometiendo suicidios masivos. Burbujeantes, gorgoteantes y graves, ennegreciendo la tierra con el alquitrán y el fuego. Mi fiebre ha subido a más de 38º y deliro suavemente, es decir, no tengo muy claro lo que pienso y lo que alucino.

Es más difícil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo, cita Zizek cada vez que tiene oportunidad (la frase es en realidad de Frederic Jameson). Pero no es que sean cosas que uno pueda oponer. Si es difícil imaginar el fin del capitalismo es precisamente porque es fácil imaginar el fin del mundo, el apocalipsis zombie, la devastación total. El capitalismo vive allí, en ese escenario apocalíptico, vive de esa inminencia, de esa inmanencia del fin. Vive en ese milenarismo espectacular, en ese estado de excepción permanente pero siempre un poquito más excepcional, y siempre un poquito más permanente.

Hablo con Daniel y me recuerda esa película que Herzog filmó en Kuwait durante la misma época de la que huyó Fatima de niña a través del desierto en un pequeño auto cubierto de hollín: Lessons of Darkness. La miro. The oil is tretcherous, because it reflects the sky. The oil is trying to desguise itself as water [El petroleo es traicionero porque refleja el cielo. El petroleo está intentando hacerse pasar por agua], dice Herzog con su acento alemán mientras la cámara, quizá desde un helicóptero, nos muestra un interminable río reluciente, un paisaje que a lo lejos es placido, que podría aparecer en una postal. Mi fiebre ha subido casi a 40ºC y estoy francamente alucinando, y entre el sueño, la vigilia y el delirio, entremezclo los fuegos de Kuwait, el smog del D.F., la agonía de mi madre y mi propia enfermedad. La muerte es traicionera a veces porque refleja el cielo. En el caso de mi madre, parecía más viva cuando estaba muerta que cuando agonizaba.

Lessons of darkness, lecciones de oscuridad se llama la película, y en ella Herzog me pasea por otra tierra. Por una realidad que me es imposible concebir, por un paisaje alien que me extraña, me horroriza y me fascina. Enormes dinosaurios metálicos cometiendo suicidios en masa, explotando en llamas kilométricas, engañando al ojo inadvertido con espejos impolutos de petróleo, con muertes que podrían ser postales. El Medio Oriente es una unidad sintiente (dice Negarestani), y a través de su dispersa máquina petropolítica maquina también al mundo, lentamente. La Ciudad de México es otra unidad sintiente de la misma máquina. Un lago putrefacto que, paciente, hunde y enferma. Pienso en mi madre como en Kuwait, lanzando bocanadas de alquitrán y fuego a presión a través de su garganta cerrada por una lengua tan hinchada que la hace proferir sonidos inhumanos, cada exhalación una especie de gruñido de bestia herida en lucha. De animal agonizante. De máquina suicida. Un último resquicio de vida, acorralada, peleando mecánicamente por no dejarse ir mientras se ahoga dentro de su propio flujo de petróleo, incendiado por Hussein para evitar la invasión gringa. Tierra Quemada*.
Los bomberos que Herzog muestra son también soldados. Antes de iniciar el rescate de Kuwait, ya todos los pozos estaban repartidos.

Y recuerdo el epígrafe de la película, atribuido falsamente a Pascal:

“The collapse of the stellar universe will occur
—like creation— in grandiose splendor.”

Pero tampoco puedo dejar de pensar en las últimas líneas de The Hollow Man de Elliot:

“This is the way the world ends
This is the way the world ends
This is the way the world ends
Not with a bang but a whimper.”

_________________________________________
*Tierra quemada es el nombre de una táctica militar. De esta táctica, la usada por Hussein y por el cuerpo de mi madre.

 

lessons of darkness.jpg

Para Mamá, en Día de Muertos.

Cuando, muerto de nervios a los diecisiete, le dije a mamá que era bisexual, me respondió ¡Ay, que padre, como los griegos! y me regaló un libro de Kavafis. Mi madre me dio a los griegos. Me dio a Aquiles, Menelao y Helena de Troya; a Knossos, el Minotauro, Dédalo, el laberinto, Ariadna y Teseo; y a Tesalia, Jasón y el Vellocino. Me dio a Schliemann y a Tebas en emocionadísimas mañanas, sentadas en la tinaja de la ropa sucia mientras nos calentaba la leche con chocolate. Me dio las Mil y Una Noches, a Simbad el Marino, a Kipling, en pequeños capítulos que nos leía a mis hermanas y a mi antes de dormir: “Tu y yo somos de la misma sangre” le dijo Mowgli, pidiendo ayuda, a un milano cuando fue capturado por los Bandar-Log. Tu y yo somos de la misma sangre. Me dio a Borges también, y a Matsuo Basho, cuando nos enseñaba a escribir.
Me dio las matemáticas y la música, y la separación entre ambas: Ya ponte a estudiar. Mamá estoy escuchando este concierto, no puedo ponerle atención y hacer la tarea al mismo tiempo; también es estudio. Tienes razón (pensativa), es importante. Vas. (esa vez pensé que le había ganado, ahora lo entiendo como un regalo suyo).
Me mostró el horizonte también, me lo puso enfrente. Cuando vivíamos en el cerro y yo apenas sabía gatear, me trepaba a una maceta llena de tierra a contemplarlo. Nunca supieron como hacía para subir. Yo, evidentemente, no lo recuerdo. Me llevó al observatorio astronómico a mirar las estrellas y alcahueteó mi obsesión infantil por los cuchillos y las cerraduras, tan contraria a sus intereses. Me dio El Golem de Gustav Meyrink para explicarme que el que un milagro sea fabricado no le quita lo milagroso. Me regaló una cierta sensación de espiritualidad, lo suficientemente abstracta como para que evolucionara en una especie de nihilismo y una fascinación absorta por el universo, por lo inefable.
Me dio su respeto ante mi lejanía también, ante mi silencio; y su preocupación ante un cierto proyecto artístico que en algún momento interpretó como suicida. Me dio su total falta de objetividad ante cualquier producto de mi creatividad, su asombro y orgullo perennes, que en algún momento supuse falta de interés o incluso ignorancia y que ahora añoro.
Me dio su paciencia ante mis críticas más crudas, ante mi bullying por ser tan New Age, tan hippie, por creer en todo lo que sonara a sobrenatural, desde ovnis hasta Castaneda. Su ternura ante mis reclamos por la dureza de la vida que mis hermanas y yo vivimos con ella y con mi padre. Nos ofreció disculpas de mil maneras, y poco a poco las fuimos aceptando. Ahora pienso que quizá no eran tan necesarias, que lo doloroso nunca fue intencional, que, como dice Borges, la máquina del mundo es harto compleja para la simplicidad de los hombres, y que su vida fue parte de esa máquina.
Y esa misma línea de Borges me da consuelo en su enfermedad y en su muerte. No porque crea que existe algún designio ulterior que justifique el sufrimiento y la degradación, sino porque no lo creo, y porque tampoco creo muy particularmente que no lo haya; porque la máquina del mundo es harto compleja para la simplicidad de los hombres, porque no importa, o en todo caso, porque no me alcanza la importancia como para que algo como eso importe.
Y aún así le hablo. Hoy es día de muertos, y en la ofrenda que le pusimos mi hermana y yo, su fotografía me mira de soslayo. Y yo la miro de frente, y le hablo, y le leo poemas de Kavafis y de Elliot y le canto una y otra vez un par de canciones de Cat Stevens que le gustaban mucho, y le lloro y le digo que la quiero y que espero que esté bien, que no tenga sufrimiento si es que, contrario a mis sospechas, está. Y le digo que la quiero y que, contrario a mis sospechas, la extraño, porque la carga de cuidar a una enferma terminal, por más pesada y larga que haya sido, no aligera el caminar una vez que se ha esfumado. Y me pongo su collar de perlas blancas para sentirla cerca y recuerdo su olor y su cuerpo pequeñito abrazándome con fuerza aunque al final le quedara tan poca. Y le convido tequila porque, aunque viva tomaba muy poco, quizá los muertos desarrollen resistencia a los enervantes. Y entonces brindamos. Brindamos por ella y por nosotros, por todo lo que desaparece y por todo lo que no se va, porque una persona es en los otros también.
Pienso en su cuerpo tan flaquito al final, tan bonito, y en lo que resta de él, lo que nos dejó el fuego. Un montón de cenizas en una cajita de madera que no nos hemos atrevido aún a regresarle al mundo. Oh, that that earth which kept the world in awe, should patch a wall to expell the winter’s flow.
Mi madre murió hace casi siete meses en la víspera de Los Idus de Marzo, que en la antigüedad fueron el año nuevo, pero al contrario de César, murió rodeada de gente que la ama. Para mi cumpleaños numero treinta, siete días después, mi amiga Amanda me regaló un pisapapeles inglés. Una pequeña esfera de cristal que contiene una rosa que no se marchitará nunca. Fue un pequeño gesto mitológico. No porque evite de alguna manera metafórica la muerte de mi madre ni mi inminente envejecimiento, sino porque simboliza todas las rosas que se han marchitado y se marchitarán después. Porque, con todo lo cursi que una rosa atrapada en una bola de cristal pueda ser, me recuerda que las flores son también lo que se queda en la gente que las huele. Porque una persona es también en los otros. Porque, contrario a mucho de lo que recién dije, quiero que esa rosa se quede, como la rosa que, dice Borges, Milton acercó a su cara.

***

UNA ROSA Y MILTON

(JLB)

De las generaciones de las rosas
Que en el fondo del tiempo se han perdido
Quiero que una se salve del olvido,
Una sin marca o signo entre las cosas

Que fueron. El destino me depara
Este don de nombrar por vez primera
Esa flor silenciosa, la postrera
Rosa que Milton acercó a su cara,

Sin verla. Oh tú bermeja o amarilla
O blanca rosa de un jardín borrado,
Deja mágicamente tu pasado

Inmemorial y en este verso brilla,
Oro, sangre o marfil o tenebrosa
Como en sus manos, invisible rosa.

NIEVE (DARKS)

“White is the darkest color”

-Sentido común

I

Camino por la nieve. Una amiga muy querida, hace un par de años me regaló un libro. Era una intervención sobre un ejemplar de el punto y la línea de Kandinski, supongo que a grafito, dibujada por Pablo Rasgado. Es un libro al que regreso mucho. Me gusta mucho cuando el dibujo está a la orillita de convertirse en otra cosa, o de desintegrarse en la nada. El libro es, básicamente, una serie de rayones sobre el ensayo de Kandinski, pero que buenos rayones…

Años después, o sea hace un par de meses, mi vecino (que es dibujante y diseñador) me regaló un par de libros bellísimos, uno de ellos, también de Pablo Rasgado, titulado “Nieve”. “Nieve”, aunque es un libro de fotos, tiene más actitud de dibujo y también tiene mucho de la nada. Es una serie de fotos de nieve. Mucho blanco y poca línea, pero que blancos y que líneas.

Camino por las calles de Estocolmo y disfruto la nieve casi como si fuera una playa. Los paisajes muy blancos tienen algo de dibujo y mucho de nada. Son como enclaves nihilistas temporales. De ese nihilismo tranquilizador, por lo menos para el ojo turista. Camino por las calles nevadas y pienso mucho en “Nieve”, y veo todo como un dibujo.

“Voy a hacer una serie de fotos en homenaje a Pablo Rasgado” me dije un día:

Estos son unos primeros intentos. Cada vez que vuelve a nevar lo intento. Supongo que la nieve, un poco como el fuego, es fascinante siempre, aunque seguro para un foráneo la cosa es más particular. Mis amigos se ríen de verme parado como un gato frente a la ventana, hipnotizado viendo nevar.

II

El apartamento que habito pertenece en realidad a una amiga de Josefine (con quien trabajo), y nos lo rentó mientras está en Gothenburg. Está lleno de libros que en combinación la evidencian como escritora. De entre los pocos en lengua inglesa (lo demás está obviamente en sueco) me encontré con El Corazón de las Tinieblas, de Conrad, que leí hace muchos años traducido al español, y me entusiasmó leerlo en su idioma original. Tengo tan fundido el cerebro con el trabajo, que el único tiempo que realmente me puedo dar para otras cosas es el trayecto en el metro, y es allí que leo, a pequeñas dosis, The Heart of Darkness. Si algún atributo de Conrad me viene a la mente es su sobriedad. Tiende un poco hacia el dibujo y mucho hacia la nada. The Heart of Darkness es terrible pero bellísimo, y de un nihilismo extrañamente tranquilizador. Me reconforta con sus intentos de retratar lo incomprensible. “The Horror, The Horror…”

Mientras viajo en el metro escucho una canción que Josefine me presentó en uno de nuestros recientes ensayos:

La escucho mientras leo a Conrad y se me cruzan las letras de los audífonos y las del papel:

I was born by the river in a little tent
Oh and just like the river I’ve been running ever since
It’s been a long, a long time coming
But I know a change gonna come, oh yes it will

It’s been too hard living but I’m afraid to die
Cause I don’t know what’s up there beyond the sky
It’s been a long, a long time coming
But I know a change gonna come, oh yes it will

Y pienso que Sam Cooke podría haber sido un personaje de Conrad, peleando con el miedo y con la inmensidad de lo desconocido en un río de la selva del Congo a principios del siglo XX. Podría haber sido Conrad himself.

horror

Y me acuerdo de este dibujo que no se de quien es. Una amiga lo puso en facebook hace mucho. Podría ser Pablo Rasgado dibujando The Heart of Darkness.

RECAPITULACIÓN

Primero Fusilen es un taller de coreografía que diseñe. La semana pasada fue puesto en práctica por primera vez, en la Escuela de Danza de la UNISON (Universidad de Sonora), en Hermosillo. He aquí un pequeño texto de recapitulación.

(Quizá este texto es muy interno, pero para saber más sobre el taller da click aquí)

Primero Fusilen es un experimento pedagógico. Siendo, como soy, un artista defensor de la autodidaxia, el taller, más que enseñar maneras de hacer, más que transmitir información, busca producir situaciones para que las cosas ocurran, para que se produzca conocimiento. Proponer a los participantes situaciones problemáticas y ofrecerles herramientas para que las resuelvan desde su propia inteligencia es la táctica utilizada. Cuando el tiempo y los recursos son pocos pero hay mucho que hacer, cosas inesperadas ocurren.

A lo largo de una semana, cada participante se vio frente a la consigna de desarrollar una obra nueva cada día. Una consigna de dimensiones enormes, quizá incluso ridículas, pero que justo por su aparente imposibilidad invita a resolver y crear desde lugares insospechados.

Considero un ejercicio vital del artista el constante cuestionamiento del propio lugar de enunciación, de las propias comodidades de producción de discurso, de las estructuras (a veces invisibles) que a priori delimitan y limitan su entendimiento de la creación y de lo que el arte puede llegar a ser o a hacer. Ciertas indicaciones a la vez estrictas y generales sirvieron de marco para generar este tipo de reflexión, este tipo (incluso) de conflicto.

A riesgo de sonar demagógico, y espero no hacerlo, no me canso de tirar flores. En el contexto de una escuela para bailarines (no para coreógrafos) con un fuerte énfasis en la técnica, proponer un taller en el que la coreografía puede ser mil cosas antes que danza es, si no descabellado (y justo no me parece descabellado), sí un reto espinoso. No sólo por lo complejo que los problemas propuestos puedan resultar, sino, sobre todo, por el desafío ideológico que puede significar decirle a alguien (alguien que durante muchas horas al día trabaja en ser un bailarín más virtuoso cada vez), que a veces el virtuosismo, e incluso la danza, pueden no ser fundamentales para la coreografía. Encontrarme con bailarines que, fuera de toda sumisión, están listos para cuestionarme, para defender su punto de vista y decir “no estoy de acuerdo con lo que estás diciendo”, pero para quienes tener cierta perspectiva no es impedimento para experimentar, para interesarse desde la duda, para tomar totalmente en serio el trabajo y estar abiertos a encontrar otras maneras, para estar abiertos a cambiar de opinión, a reestructurarse, a cuestionar su propia práctica y encontrar cosas nuevas en su búsqueda personal; es maravilloso.

Me fascinó particularmente la forma en la que los pequeños miedos a tomar responsabilidad sobre la creatividad propia iban siendo confrontados y reorganizados a diario. La forma en la que cada quien, desde ángulos distintos y a ritmos distintos, asumía su condición de artista. Cada tanto llegaba alguien, con cara de conflicto, a mostrarme su más reciente trabajo previa advertencia: “creo que no entendí muy bien pero hice esto”. Muchas veces, frente al trabajo expuesto, pensé que me hubiera gustado haberlo hecho yo. Lo que quiero decir es que la inteligencia, la sensibilidad y la disposición para el trabajo jamás se vieron obstaculizadas por prejuicios, o por lo menos no que yo me diera cuenta, y eso no es poca cosa.

Resolver los problemas coreográficos que les planteé tampoco es poca cosa. Algunos de ellos tienen mil posibles soluciones, otros quizá ninguna, o no una que conozca. Es decir, gran parte del taller está planteada desde la ignorancia en el sentido en el que Rancière la defiende. En ese sentido, mi lugar en el taller buscó no ser (regresando a un tema sugerido al principio del texto) uno de ostentación de poder, el de un profesor que distribuye información, sino uno de vulnerabilidad, el de alguien que comparte problemas e intereses a pensar e intentar resolver. Pensando esta experiencia no sólo desde la pedagogía sino también directamente desde la práctica artística, busqué implementar la misma posibilidad de producción de experiencias nuevas de la que les hablé en relación a la producción de obras, y busqué también analizar, comprender y absorber lo más posible el conocimiento generado por ellos en sus prácticas. Los blogs a los que cada quién subió la documentación de sus trabajos quedan como una plataforma individual y colectiva de exposición, pero también como una fuente de apropiación, comparación, referencia y consulta de algunas de las muchas formas en las que se pueden abordar ciertos problemas coreográficos. Fuente a la que seguramente recurriré más de una vez. Ojalá no sólo yo.

Hermosillo rifa, me digo cada vez que pongo un pie en la ciudad, y me doy cuenta, a poco, de que lo que conozco de Hermosillo es esto. La gente de esta escuela de danza, profesores y estudiantes y algunos más, y el Club Obregón. Esa es mi idea de Hermosillo, Y entonces entiendo por qué me digo eso, por qué me digo que Hermosillo rifa, y estoy totalmente de acuerdo conmigo.

Juan Francisco Maldonado, Noviembre del 2014, Ciudad de México.

Revolver_Enfield_No2_Mk_I

Pasos y cigarros

Muybridge_-_Animal_Locomotion,_Plate_136_-_Google_Art_Project

La parte inferior de las hojas era de un verde más claro que la superior, tal vez porque había llovido poco.

En su pequeño departamento de la colonia Narvarte, fumaba en la ventana de la habitación mirando hacia abajo. Un hombre recorría corriendo la acera de enfrente, volteando cada tanto hacia atrás como si lo persiguieran. De atrás de una camioneta estacionada aparecieron un par de perros blanquinegros de pequeño formato. La persecución era más bien un juego. Los coches, a intervalos irregulares, hacían un ruido acogedor al rodar sobre la calle aún húmeda, más que mojada, que cada tanto contrapunteaba con el omnipresente sonido de los aviones. Era esa hora del día. Al terminar su cigarro caminó cuatro pasos, empujó con el pie izquierdo sus sandalias de plástico blanquinegro, y se sentó en la silla de jardín frente a la computadora para escribir un par de líneas.

Minutos antes había salido de la casa, bajado los cuarenta escalones que lo llevaban a la puerta de entrada (con sus dos respectivos intervalos de pasillos y un tercero mas largo de vestíbulo, quizá quince pasos en este último), había girado a la izquierda dos veces, una tras cruzar el umbral y la otra en la esquina, en dirección al seven eleven a una cuadra cruzando la calle, una calle pequeña. Ya ahí, dubitativamente, y trazando una serie de cortos e inconexos recorridos de un estante a otro, se había abastecido de lo necesario para continuar la velada: Una cerveza, una cajetilla de cigarros, y unas galletas bastante despreciables. El regreso era el mismo que la ida pero se sentía un poco más breve. Los escalones los había subido de dos en dos, ahorrando tiempo e impulso, y ya adentro, prendiendo la luz de la entrada, se había dispuesto, por unos minutos, a fumar un primer cigarro en la sala mientras daba los primeros tragos a la cerveza. El cigarro de la sala era más un descanso, mientras que el de la ventana era ya parte del trabajo. Era un poco más reflexivo.

De la sala a la computadora, aunque había que pasar frente a la puerta de la habitación, hubo una corta escala en el baño para orinar. Al jalar la palanca se alegró de haber arreglado la cadena, rota hace un par de días, y entró a la habitación sin lavarse las manos. Ya sentado frente a la pantalla decidió más bien pararse a fumar en la ventana ese cigarro reflexivo que lo llevaría a notar tonos de verdes, niveles de humedad y persecuciones mascóticas.

Sus dedos se deslizaban por el teclado con cierta agilidad, haciendo cada tanto pausas reflexivas para formular o reformular una frase, o pausas técnicas para llevar su mano izquierda a la lata de cerveza tecate que descansaba muy cerca de la computadora (el escritorio era pequeño), y de allí alinearla a sus labios, no tan abultados como le hubiera gustado, inclinándola con suavidad hasta verter (también con suavidad) pequeñas cantidades del líquido que contenía. Cada tanto se llevaba la mano a la frente en señal automática de confusión, mientras se preguntaba sobre la validez de inventar términos nuevos como “blanquinegro” o “mascóticas” o “epileptizan”. Mientras la mano iba a la frente (a veces era más bien la frente la que alcanzaba a la mano en una a todas luces ignorante búsqueda por minimizar esfuerzos), los dedos paraban su tránsito por el teclado, para luego regresar al texto. Había ciertas teclas, quizá las más utilizadas, que estaban cubiertas de una delgadísima película de grasa, la grasa de sus dedos, y que contrastaban en textura con sus congéneres mas limpias. (Tengo que limpiar este teclado, se dijo). Se preguntó también por qué siempre tecleaba la barra espaciadora con la mano derecha, y por qué lo hacía intercambiablemente con el pulgar o el índice. Notó que en general cuando usaba el pulgar era un poco más torpe, y lleno de preguntas, ahora le preocupó si usarlo era normal en él, o si lo estaba haciendo sólo porque estaba siendo consciente de lo que pasaba sobre ese territorio.

“La manera en la que nuestros dedos activan el teclado es en general un tema que se revisa poco” pensó. Pensó también, recordó, a una señora mayor que en un tlapalería, observando una carretilla de albañilería, había dicho “Ay pero que chula carretilla”. Recordó que le había parecido peculiar (aunque detestara la palabra peculiar describía bien su sensación, así que la usó) y se imaginó a esa señora cargando ladrillos de un lado a otro en la carretilla y preparando la mezcla de cemento que cubriría el techo de su casa. Pensó también que siempre le había tenido respeto a los albañiles. Que si no fuera tan miedoso, le hubiera gustado ser un albañil. “Al menos por un tiempo”, se dijo con la seguridad burguesa de quien no considera el trabajo directamente como una obligación, por más que no tenga la situación económica resuelta en lo más mínimo. Se detuvo, se rascó la punta de la nariz con la uña del pulgar izquierdo, que estaba esmaltada en gris, tomó la lata de cerveza, y se la llevó a los labios una vez más. El sonido de un avión interrumpió su tren de pensamiento, y el sonido de una bicicleta recorriendo la calle contrastó con un par de risas cercanas. “Esta calle siempre es un desmadre” pensó aunque en realidad estaba bastante tranquila. El mayor problema eran los aviones, porque la colonia Narvarte está justo debajo del trayecto de posicionamiento para bajar hacia el aeropuerto. No está cerca del aeropuerto, sólo en su camino aéreo, y es algo con lo que hay que aprender a vivir si uno vive en la Narvarte. No sólo por el ruido, sino porque cada vez que pasa un avión, la conexión wi-fi sufre pequeños traumas que la epileptizan.

Mientras se enroscaba el bigote, también con la mano izquierda, pensó en fumar un tercer cigarro, así que dejó la computadora abierta, se quejó de un nuevo avión que ahora sonaba más cercano, se levantó de la silla, la movió un poco de lado, y se encaminó a la mesa del comedor a recoger la cajetilla recién comprada que había dejado allí a propósito para no fumar tanto. Fueron dieciocho pasos más los de regreso, que en este caso se sintieron un poquito más largos. Cada paso tuvo una longitud y un ritmo particular, una caminata muy poco grácil. Ya estando en la sala (la sala y el comedor eran la misma cosa) recordó que el nuevo integrante de la comunidad vegetal de la casa, un helecho, aún no había sido regado y se dispuso a hacerlo, pero prefirió seguir escribiendo. “Cuando termine lo hago. No quiero que se me vaya la idea” se dijo.

Cuando terminaba de fumar el tercer cigarro (el segundo reflexivo, es decir, junto a la ventana), además de observar a lo lejos cómo, entre risas y agudos gritos esporádicos terminaban de limpiar una taquería cercana ya a punto del cierre, notó en la acera de enfrente, en la del señor y los perros, a un par de adolescentes recorriendo la calle en sentido opuesto (al del señor y los perros). Se veían apresurados porque caminaban-corrían a pasos cortos mientras parecían increparse o compartir alguna preocupación, y se preguntó por qué en el México central, la gente cuando tiene prisa camina-corre a pasos muy cortos, a veces incluso mas cortos que si sólo caminara. Quizá la sensación de mover mucho y muy rápido las piernas satisface una cierta necesidad de urgencia aunque no los haga llegar antes. Quizá dar pasos largos les da una sensación de lentitud aunque los haga avanzar más ágilmente.

Tras esta última observación regresó al texto, ahora en cinco pasos, aunque más rápidos que los primeros, y continuó escribiendo. Le dolía un poco el omóplato derecho (o los músculos que lo circundan) y sus dedos, aunque ágiles sobre el teclado, eran también imprecisos y generosos con las faltas de ortografía. Un último desplazamiento de su mano izquierda llevó la lata de cerveza a su boca y vaciándola, decidió dejar de escribir.

MEDUSAS ALIENÍGENAS (un texto de gratitud)

cyanea capillata

Everyone I know is falling apart.

Me dije. Me lo dije así, en inglés, supongo que me pareció que sonaba más cinematográfico.

Pero de todas formas era cierto. El que una experiencia sea intensa no quiere decir que uno deje de lado la ficción. O a caso el puro tono.

Ese día pensé mucho en las medusas. Era mi cumpleaños. Tenía un poco de hambre, pero en vez de hacerle caso fumé varios cigarros viendo por la ventana. Fumar en mi ventana tiene dos funciones a demás de la obvia, que es fumar, en sí misma. La primera es evitar que la habitación se llene de humo, y la segunda es mirar el árbol de la acera de enfrente. Es una jacaranda y en esta época del año está desbordante. Muchas veces, cuando miro una jacaranda, me imagino siendo sabio, yo creo que por cierto cliché oriental inconsciente o por el ritmo. Todos los árboles son rítmicos pero la jacaranda es además melódica. Son las flores que caen que tienen algo muy de melódicas. No las flores, más bien el caer.

Borges en una conferencia sobre el tiempo dice que en no se que civilización (tal vez Persia), no se creía en el caer. Para ellos una manzana no caía del árbol, sino que estaba colgada y luego estaba en el suelo. Después dice algo chaférrima, sobre cómo los poetas nuevos escriben en prosa porque es mas fácil. Nunca antes había leído una frase de Borges en la que me pareciera que chocheaba, hasta esta. Es decir, se me cayó un poco, o en términos “persas” apareció un poco en el suelo.

Pero de regreso de la digresión, me pregunto que pensarían los persas de las jacarandas.

Borges cita ese ejemplo para hablar del tiempo, pero creo que podría muy bien funcionar para hablar del caer. Creo que la gravedad ha sido injustamente subestimada por la metafísica. Debería estar a la par de sus disertaciones sobre el tiempo y el espacio. Tampoco es que tenga mucho que decir al respecto, simplemente lo creo. Leí un artículo en el que medusas criadas en el espacio fueron traídas a la tierra, y ninguna pudo adaptarse a la gravedad. No por una cuestión fisiológica, sino por una cuestión convencional. Para las medusas espaciales, la gravedad era un factor extra, indescifrable. Sufrieron vértigo y desorientación. Yo me siento un poco así, como una medusa para la que la gravedad no es una convención clara, y hoy es mi cumpleaños.

En realidad hoy no es mi cumpleaños, pero estoy escribiendo este texto para publicarlo el día preciso, porque los cumpleaños me parecen, como la gravedad, una convención importante. También como la gravedad me parecen poco claros los cumpleaños, pero algo tienen que me intriga. Cumplir años es como caer un poco, o más bien como aparecer un poco más en el suelo. No porque el suelo sea firme, sino porque está un poco más abajo. Hay años complicados, o etapas complicadas que se categorizan en años para sentir que el siguiente puede traer nuevos vientos. Me pregunto que pensarían los persas de las medusas espaciales, que tienen vértigo porque no creen en caer, o porque no saben que podrían hacerlo.

Hay un tipo de medusa que es biológicamente inmortal. Su organismo no guarda ninguna información de deterioro cíclico. Quizá ese tipo de medusa también llegó del espacio en algún momento y nunca se terminó de adaptar. Si una parte de ella no sabe caer, tampoco sabe morir; la gravedad nos da eso, certezas, si la sabemos leer. Me pregunto si los persas eran inmortales.

No estoy pretendiendo inmortalidad, ni me interesaría buscarla. Sólo digo que de pronto hay certezas que se me escapan. Me pregunto que pensarían los persas de la refracción de la luz.

*****

Hoy es mi cumpleaños. Cumplo 29 y son las 12:31am.

Mientras escucho “Trucha porque no hay tiempo” de Juan Cirerol fumo un cigarro en la ventana de mi cuarto y miro la calle abajo. Está semitapizada de flores de jacaranda que no paran de caer, aunque tampoco se apresuran, de un par de arboles en la acera de enfrente. Intento, o no puedo evitar, hacer un repaso del año.

Un año incomprensible, tal vez como todos.

La muerte es mi amiga, me digo aunque no estoy tan seguro.

Cada tanto uno pierde el piso, o cada tanto uno nota que lo que creía un piso no lo era. Leí que en una estación espacial criaron medusas, y que al venir a la tierra, les fue imposible acostumbrarse a la gravedad, usarla como punto de referencia espacial. Porque sé que peso, para allá es arriba. El artículo no decía nada de su sentido de la orientación en el espacio exterior, pero supongo que era mejor. Quizá sus referencias en el espacio eran mas relacionales, quizá eran más específicas a cada situación, a las demás medusas, a la comida, no se. Cuando uno pierde el piso lo que en realidad pierde es la gravedad, y estando acostumbrados a ella, de pronto el piso no es piso, nunca lo fue. No hay piso sin gravedad.

Este año me volví un poco nihilista (un poco nihilista no existe. o nihilista o no), y a falta de gravedad, o de capacidad para comprenderla, busqué referencias espaciales más relacionales, como las medusas del espacio que supongo. No sé cual sea el lapso de memoria de las medusas. Me imagino que es corto, y si es corto quizá eso las salve en el espacio, porque podrán siempre establecer nuevas relaciones espaciales. Ignorar referencias anteriores, anacrónicas ya. Es cansado pero puede funcionar. Yo en cambio recuerdo mucho y trato de otorgar atributos gravitacionales a las otras medusas.

Lo que quiero decir es que el problema es más la falta que la ausencia, y como seguro habrá pensado Lacan, la falta es cabrona.

Me aferro a mis amigas para sobrevivir. A veces a su compañía, a veces a su mera idea, y mis amigas, como yo, se caen a pedazos. O no se caen, porque también les falta gravedad, pero flotan en pedazos. Pedazos lentos y erráticos que cada tanto rebotan o se encuentran, formando fisiologías dispares, monstruosas pero sobrevivientes.

Podría decir que hasta ahora hemos sobrevivido, y que el tiempo lo cura todo, pero si Juan Cirerol tiene razón en el título de la canción que escucho, entonces quizá no haya mucho que curar, ni mucho que sobrevivir. Si no hay tiempo quizá pueda tener memoria de medusa y vivir en el espacio. Tal vez la inmortalidad es la falta de capacidad para comprender la gravedad de lo narrativo, de la narrativa. Me pregunto que pensarían los Persas de Lacan, de Juan Cirerol.

Aunque lo hago mucho, siempre me ha parecido raro escribir en primera persona, y más en un cumpleaños, parece tan egocéntrico… Me gustaría que este texto fuera una revisión de lo humano y su crisis, una generalización abstracta que me excluyera por completo del centro de la discusión, pero cuando lo intento es mucho peor. Escribir en primera persona es entonces una estrategia para aceptar lo intrascendente de mi experiencia, lo poco importante de mi vida, lo incomprensible de mi narrativa. Una estrategia limitada, pero un intento al fin. No es que me vida sea poco importante en particular, o especialmente poco importante, lo que de hecho la haría importante. Me refiero más bien a la insignificancia de la experiencia personal en general. Su insignificancia en términos trascendentales es a la vez la clave de su importancia inmanente. Porque la experiencia se contiene a si misma, porque no significa nada, ni representa otra cosa. La experiencia es lo único que es. Es lo único que tenemos.

La experiencia, con o sin gravedad, es lo único.

Hace un par de semanas, hablando con un primo sobre correr , ya tarde en casa de mi abuelo, llegué a esa conclusión, y así, tan 2+2, me salvó un poco la vida.

También hace poco se me desplomó el marco teórico y con él, las pretensiones políticas de mi trabajo. O quizá no se desplomó, sino que apareció ya en el piso. Un marco teórico persa. Me niego a seguir usando (teóricamente hablando) patillas y pantalones acampanados. Me niego a seguir aceptando que el lenguaje lo contiene todo, que no hay escapatoria, que la micropolítica es nuestra única arma, que el arte tiene algún alcance político whatsoever, que podemos luchar desde adentro, que hay burbujas de resistencia, etcétera. Pero tampoco tengo un mejor plan. En todo caso me aferro al feminismo y a la experiencia. Creo que el feminismo es el único proyecto político con intereses revolucionarios que ha tenido algún resultado bueno en el último siglo (o en general), y creo que su importancia radica justo en la experiencia. El feminismo no se olvidó nunca de la experiencia. Cuando alguien afirma que la intimidad también es política, no se refiere tanto a llevar un código de ética bajo la manga en todo momento (o no sólo, quiero pensar), sino a sentir distinto, o en todo caso, a poner atención en lo que uno siente. El feminismo lleva a la práctica un esfuerzo personal por producir seres distintos. El feminismo, más allá de campañas, activismos y manifestaciones, es un proyecto personal, es un intento íntimo. Los logros legales y morales por la equidad están bien, obviamente; pero la importancia real radica en la experiencia, en el nivel más básico de lo experiencial. De lo ontológico como acción.

Esa especificidad, ese giro mínimo salva al feminismo de quedarse en lo ideológico, en lo relacional, en lo discursivo, en lo político. Lo pone en otro nivel de discusión. En un nivel en el que no hay discusión. Las condiciones externas podrán seguir siendo las mismas, pero las mujeres, o más bien la feminidad, ya no funciona igual.

El feminismo como práctica, más que como ideología, logra atravesar mi nihilismo que mas bien huele a depresión, no para darme ninguna esperanza ni para proyectar futuros, sino para aseverar lo innegable: que se puede ser persona de otra manera, que todo es más simple o más limitado, y que la experiencia es lo único que hay.

Y luego pienso que la feminidad lleva 100 años reinventándose, mientras que la masculinidad apenas despierta, y me intento volver un parásito porque no tengo tanto tiempo, porque si le creo a Juan Cirerol, no tengo tiempo. El tiempo no se “tiene”.  Así que me declaro no-hombre, y con ello renuncio a una tradición. Renuncio a medirme el pene y a cargar con las culpas, responsabilidades y privilegios que históricamente me corresponderían si fuera un hombre. Renuncio a tener una posición clara, no porque busque ambigüedad, sino porque si me suelto no tengo a donde ir, y entonces me quedo otra vez flotando como idiota. Como medusa espacial traída a la tierra.

Y regresa la ola de nihilismo, porque no tengo la creatividad para construirme un nuevo marco, ni la destreza. Ni la ceguera como para adoptarlo si lo lograra. Y aquí entra (aunque había sido anunciado más arriba) el problema del arte. WTF con el arte? No hay mucho que hacer, no tengo nada que decir al respecto.

Y luego me pongo a bailar a Aretha Franklin, o a toquetearme, o a cantar a Juan Cirerol, o a correr, o a pensar en mis amigos, y me siento mejor.

Quizá es la precrisis de los 30, y entonces soy el típico güey que se está mirando el ombligo, pero no me gustaría que se malentendiera mi posición, que no pretende ser de víctima. Mucha de la gente que conozco está tan medusa como yo, tan manzana persa. Quizá es sólo un cambio en la episteme, para falsocitar a Foucault; quizá el libre albedrío tampoco existe tanto y somos presas de un proceso histórico de hueva; quizá sólo tendría que coger más y relajarme un chingo.

Anyway. Es mi cumpleaños y hay jacarandas afuera, y las flores siguen cayendo.

*****

Intenté, durante una semana, escribir un “espontáneo” texto de cumpleaños. Lo corregí algunas veces y lo reescribí de ceros un par, y simplemente no funciona. El problema está en que odio agradecer “a la vida y a mi gente querida”, me parece super mainstream, super entrega de premios. Y un cumpleaños no es una entrega de premios, ni una graduación, ni un “pasé el examen”. Un cumpleaños es un “aún no has pasado ni madres” un “ahora sí viene lo rudo”. El año que hoy termina para mi, ha sido el más desesperado, el más difícil (el más feo fue el 2009), y bajo esas circunstancias, el agradecimiento cobra otras dimensiones. Mi necesidad de agradecer entonces no viene de querer repartir un poquito la gloria, porque no hay gloria que repartir. Mi necesidad de agradecer es casi tan desesperada como el año porque implica reconocer que yo solo no puedo, nada, no puedo nada, yo no puedo nada solo. Y que si no fuera por mis amigos estaría echo mierda, si es que.

Así que agradecer es lo único que puedo hacer, y lo hago desde la comodidad de mis pensamientos, o en ocasiones individuales, pero también quiero escribir un texto, y allí es donde me falla la cosa.

*****

Este texto originalmente lo escribí a mediados de marzo. Intentaba ser un texto de agradecimiento a mis amigas (os) en ocasión de mi cumpleaños. Intentaba ser un regalo, o algo bonito, pero me costó mucho trabajo y lo escondí. Pasado el pudor, lo publico ahora, 6 de julio del 2014, aunque no cumpla muy bien su cometido. Ustedes ya saben quienes son.

CALL ME SLAVERY

This is a list I wrote some months ago. i didn’t quite like it, and so I left it rest with the idea of working on it later, but now that I retook it, I actually like it like it is, so besides a couple of rhythm adjustments, it’s pretty much the same.

 

 

Call me slavery,  call me clay…

call me bronze.

Call me weather

call me channel

turn it off

call me turn off

. parfume.

 

Call me maybe

call me bond

but not paper

call me A4

but not paper

paper bond

but not paper

write me a letter

in A4

write me a letter

– dot doc

times new roman

but not paper.

Helvetica

in a4

Im no nazi

I’m just trying to do things right

I’m no lazy

I’m just trying to take my time.

 

If you’re an ethnic

please fill up this form

if you’re a redneck

please go by the norm

but not paper

in a4

word or pages

call me john

page me on my pager

call me on my phone

text me on my texter

sign me on my sing

laugh me on my jokes

fuck me on my bed

gingsen in my jeans

or then just give me head

just give me your head.

 

Linda Lovelace

Give me your head

Joe D’Alessandro

Give me your head

Marie Antoinette

Give me your head

Robespierre

Give me your hair

Tina Turner

Give me your hair-do

‘s got to do

‘s got to do with that

what’s love ‘s got.

 

 

 

“I’m a hipster”

-Zebra Kats

I’m a blister

Rot and rats

Call me mister

I’m a mystery

Allen Ginsberg

What a history

 

Call me Allen

but not Ginsberg

call me hipster

but not Ginsberg

 

I haven’t seen the best minds of my generation

I haven’t fucked the best flesh of my population

I haven’t talked to you about your damnation

Apocalypse wow

Five years were too long a time, Davy,

 

Apocalypse wow

We are not singing quite along, lady,

 

Apocalypse wow

Through a party

Through a stone

Through some fluids of your own

Kill a killer

Build a house

Wrap your things and burn your home

Take a train and make it plane

Take a vein and make it drain

Take a frame and make it vane

Take a flame and hold it, pain.

Watch a drop and make it stop

 

Take a brush and brush your hair.

“Art most be beautiful” Or so they say.

 

Take a rhyme and make it rhyme,

But, in a very flat and monotonous way

 

Call me priest

But not Gospel

Call me Ismahel

But not Melville

Call me Nathaniel

But not Hawthorn

Call me love

But not puritan

 

-Should I call you Oedipus?

-No. Just call me Oeddy.